Jícara dance



No siempre la modernización es positiva. En el caso de los burdeles significó el destierro de las entrañables ficheras, la sistematización del desfalco y la generalización entre los asistentes de una extraña aspiración post mortem: reencarnar en tubo. Para los que amamos la tradición prostibularia, estas maquiladoras de carnes frías representan una tragedia, aunque algunas veces se generan ahí unas historias que si bien no aplacan la nostalgia, por lo menos divierten.

Asistí con unos amigos a un nuevo centro de “taibol dens” que ilustra con toda propiedad el significado de la palabra tugurio: oscuridad impenetrable, humo casi sólido, música que llamaría ruido si no temiera revelar mi prematuro anacronismo, sillas y mesas de plástico torturadas muchas veces por un delito que no cometieron: el secuestro de los ceniceros; suelo movedizo por la abundancia de gargajazos, sanitarios encharcados y pestilentes, y un calor infernal. De la materia prima, una o dos muchachas quizá tengan noción de lo que es la sensualidad, las demás se desnudan porque es requisito de la casa y todas están bajo la protección de Nuestro Señor de la Arritmia, antigua y salsera deidad germana representada con dos pies izquierdos.

El despliegue de erotismo de cada chica vive su inicio, clímax y decadencia en apenas tres canciones: en la primera muestran sus dotes para la danza con rolas de Marilyn Manson o Ana Gárgara, en la segunda se desnudan -así, a secas- y en la tercera ejecutan riesgosas acrobacias colgadas del tubo o trapean el suelo con sus cuerpos empapados de sudor.

Para despedirse, cada bailarina debe tomar una ducha en el espacio de paredes transparentes frente al escenario, así que deben cruzar desnudas entre las mesas y esquivar, con gracia torera, los manotazos de los espectadores obsesionados en atrapar a la papalota carnívora. La chica de mi historia llegó a esta parte de su aventura sin ningún percance, pero los hados le habían preparado un trágico desenlace: al tiempo que iniciaba la música de fondo para su acto final, giró la llave del agua y entrecerró los ojos anticipando el roce del líquido, pero sólo descubrió nuestra triste realidad: en Champotón no hubo, no hay ni habrá agua potable. Entre la confusión y las risas, un mesero le alcanzó una cubeta rebosante de agua lluvia en cuya superficie oscilaba la mitad inferior de un envase no retornable de coca-cola: era la jícara. La obsesión por el detalle es el sello de la casa. Y la muchacha que empieza a moverse, se echa agua, se jabona, vuelve a echarse agua para enjuagarse, se hace más espuma, se frota tratando de eliminarla, se multiplica la espuma, se avienta otro jicarazo, la espuma no cede, más agua, más espuma, la canción acaba y en la ducha una montaña de burbujas se balancea torpemente de un lado para otro. El mesero se acerca a vertiginosa velocidad y a trapazos evita una muerte por asfixia.

Moraleja: el agua lluvia no enjuaga, chiquillas.

Regresar a casa después de una noche de juerga, con las manos trémulas, el escroto adolorido y la cartera vacía no es una proeza digna de envidia. Pero hoy, por lo menos, la risa hizo más llevadera la espera de ese tiempo en que felizmente reencarnaremos en tubo. Tantán.

Besitos.

Nos vemos en Twitter: @Bestiometro y también en  http://bestiometro.blogspot.mx

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