La cacería del Purux



Si la nobleza británica practica la caza de la zorra, la élite político-empresarial campechana, que en mucho se le parece, acaba de inaugurar una modalidad similar: la caza del Purux. El anuncio fue dado a conocer en un medio local y corrió a cargo de un connotado columnista, quien primero describió los sentimientos de la clase gobernante hacia Fernando Ortega como una mezcla de temor y odio, para luego ponderar las virtudes de Oznerol Pacheco y, en las mejores líneas de Ciencia Ficción que he leído en mucho tiempo, las de Carlos Felipe Ortega Rubio.

Cuatro días después, en la primera plana de ese mismo periódico, apareció una fotografía que advierte sobre los espantos que le aguardan a Fernando Ortega: dos mujeres muestran sendas pancartas donde lo acusan de solapar a su cuñado, un tal Hernández Hoffman, durante su paso por el H. Ayuntamiento de Campeche. La protesta tuvo lugar en el Palacio Legislativo, casualmente el feudo de Carlos Felipe.

Puede que todo sea una alucinación producto de mis constantes visitas a la cantina de Niderván, la mejor de Champotón, pero me extraña lo siguiente: el Purux dejó el Ayuntamiento hace 7 meses 7 para buscar la senaduría y nadie le echó en cara ningún ilícito, y cuando digo nadie incluyo a sus adversarios en la reciente contienda electoral, momento perfecto para ese tipo de imputaciones. ¿Por qué ahora exhuman esas supuestas pruebas de corrupción? Creo que aquí hay arquitecto encerrado.

Me cuentan que el más interesado en acribillar al Purux es Jorge Luís González Curi. Empresario multimillonario cuyos tentáculos abarcan la construcción, el turismo y medios impresos y electrónicos, cabeza del grupo caciquil que nos exprime desde 1997, Jorge Luís sabe que Ortega Bernés pondría punto final a su señorío, por lo que necesita con urgencia minar su popularidad mientras trabaja en el encumbramiento artificial de sus dos grises prospectos. Y como en tiempos de la conquista, los guamazos entre aborígenes favorece a España.

La campaña contra el Purux beneficia a Juan Camilo Mouriño, líder del panismo que se apresta a recoger los escombros dejados por Nordhausen. Camilito sabe que a pesar del mucho dinero y apoyo mediático que pueda conseguir en las altas esferas, el blanquiazul carece de un aspirante de peso para la grande: Gabriel Escalante y Mario Ávila nomás no tienen los tamaños; en cambio, esta persecución le entrega una opción maravillosa: en caso de salirse con la suya, Ortega Bernés llegaría debilitado a la contienda y alguna esperanza habría de vencerlo; pero si, como es de esperarse, el PRI adicto a González Curi lo hace a un lado mediante la alquimia habitual, entonces el PAN podría pepenarlo como candidato externo y el fin de la hegemonía priista en Campeche dejaría de ser una jalada.

El escenario está listo: por un lado tenemos a Jorge Luís González Curi, escoltado por sus edecanes Oznerol y Carlos Felipe, hostigando ferozmente al único político que pone en riesgo la pervivencia de su cacicazgo; por el otro a Camilo Mouriño como dirigente del Sindicato Único de Pepenadores, Similares y Conexos madrileños radicados en Campeche; y atrincherado en algún lugar, resguardado de trampas, jaurías y proyectiles de lodo, al fugitivo Purux, que debe estar pensando en cómo resolver este crucigrama y, por las recochinas dudas, en tomar unos cursos de trapecismo partidista.

La cacería ha comenzado. Saquen las chelas y la botana y dispónganse a gozar del espectáculo. (¡Niderván, ahí te voy!).

Octubre/2006

Un comentario sobre “La cacería del Purux

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