Insisto: ¡no es cierto!

A principios de los ochenta, mientras Thatcher y Reagan consolidaban su alianza diabólica, el sueño revolucionario agitaba Latinoamérica y los gurkas masacraban jóvenes argentinos en una isla perdida del Atlántico sur, nosotros vivíamos felizmente idiotizados por el básquetbol. El tiempo se iba entre cascaritas, campeonatos y luchas encarnizadas contra la tiranía gravitacional en pos del sueño libertario: tocar el aro. (¡Aro o muerte!) A mediados de esa década, Champotón sufrió una epidemia de parabólicas que entre otras cosas trajo canales porno y partidos de la NBA. Hacinados frente al televisor, atestiguábamos con vago horror sagrado la inacabable genialidad de los grandes maestros: Magic Jonhson, Ginger Lynn, Larry Bird y Ron Jeremy.

Sixers contra Lakers fue nuestro primer juego. En algún momento Barkley robó el balón, enfiló hacia la canasta y ejecutó una retacada asesina, brutal, sanguinaria. Como impulsado por un capirucho, mi amigo “El Garrobo” se puso de pie, con el espanto grabado en el rostro gritó: “¡Eso no es cierto!” y se fue corriendo como poseído. Pobre, no pudo asimilar que el anhelo de todos nuestros brincos le quedara como collar a sir Charles.

Me salgo por la tangente. Hace 6 años, midiendo 30 centímetros de diámetro y 10 de profundidad, frente a mi casa nació un bonito bache. Su padrino fue el entonces presidente Herculano Angulo, quien sólo empleó el cargo para crear las frases más hermosas que un aborigen champotonero haya concebido jamás, ejemplo: “Ni empinado quedo bien” o “Me la quieren meter con todo y trusa”. Cuando el trienio finalizó, su cariñosa desatención había convertido a nuestro bache en un robusto y saludable Cráter.

Plátano inició su gobierno bajo un mal augurio: quiso construir un paso peatonal frente al mercado y le salió la cordillera de Los Andes. Luego importó y alimentó con vastedad a una plaga de langostas yucatecas, celebró orgías publicadas en Internet donde el único que estaba solo y su mano era él, y para terminarla de amolar, lo que ya es costumbre: abundantes cantidades de ineficacia y corrupción. Gracias al cobijo de Plátano, Cráter se convirtió en papá de un risueño bachecito.

Al final de su mandato, Plátano ordenó una pavimentación ultrarrápida de calles para cuadrar sus cuentas. Por mi casa desfilaron legiones de trabajadores echando grava y arena, máquinas que secretaban una especie de fríjol muy aguado y una aplanadora modelo 2006 a.C. Resultado: la calle se convirtió en muro, así que los vecinos tuvimos que abrir caños para evitar inundaciones y subir banquetas para habitar de nuevo en la superficie. Plátano, que vive a tres casas de la mía, hizo lo mismo pero con dinero y personal del Ayuntamiento. Don Cráter y Bachecito desaparecieron y temimos por ellos, pero a los tres días ahí estaban de nuevo, felices de la vida.

Poco después pasaron otra vez los de Obras Públicas, vieron a la familia Del Hoyo y durante varias horas les echaron montones de arena y chorros de chapopote que aplanaron a palazos. Cuando se fueron, padre e hijo resurgieron para continuar desintegrando amortiguadores con inédita crueldad.

Mario Luís García de Uribe ha mostrado las mismas cualidades que sus antecesores. Bachecito ha ganado diámetro y don Cráter profundidad al punto que cuando llueve se disfraza de cenote; hasta se rumora que en tiempo de seca, oleadas de chinos salen de su vientre para internarse ilegalmente en nuestro país, pero yo no he visto absolutamente nada. (Aquí entre nos, si requieren mano de obra barata, luego nos arreglamos.) En Obras Públicas argumentan que con esos dos está bien difícil, que no se puede, y ya tiraron la toalla.

Me regreso por la tangente. Champotón ahora sufre una epidemia de Sky de la que me confieso infectado. Los síntomas son la imposibilidad de quitar los ojos de la tele y no ver un canal más de tres segundos. En uno de esos repasos, llegué al Discovery cuando trasmitían un documental sobre el túnel del Canal de la Mancha: decían que mide 50 mil 400 metros de los cuales, ¡Dios nos libre!, 39 mil son submarinos. Fui a la ventana, observé a don Cráter y Bachecito y volví lleno de paz a la realidad.

Pasado un rato caí de nuez en Discovery; explicaban que los trabajos del Eurotúnel empezaron en 1987 desde las costas francesa y británica, y 3 años después, bajo el lecho marino, galos e ingleses se dieron la mano. Me sentí como después de una sobredosis de reguetón. Para calmarme recordé que un tío abuelo mío juraba que el hombre nunca había llegado a la luna, que todo era puro cuento de los gringos, y no conforme di otro viaje a la ventana: don Cráter y Bachecito en su lugar; paz bendita.

Novela en canal 2, Friends en Warner, película en Universal y de nuevo Discovery: ahora sí el acabose: que el Eurotúnel tiene una capacidad para 600 trenes diarios en ambos sentidos… Ventana, don Cráter, Bachecito, paz… Los trenes de mercancías pueden transportar 28 camiones y el trayecto tiene una duración de 35 minutos… Ventana, don Cráter, Bachecito, paz… Cada tren alcanza una velocidad de 130 km/h debajo del mar, tiene una longitud de 800 metros, puede transportar hasta 180 automóviles o 120 automóviles y 12 autobuses y… hasta ahí llegué: con el mismo terror que mi amigo “El Garrobo” tenía cifrado en el rostro hace muchos años, grité: ¡Eso no es cierto! y me marché presuroso a ponerle título a este artículo.

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