Los designios del zapping

Los designios del zapping suelen ser catastróficos. Huyendo de un comercial de yogurt con fibra que, según la modelo, tomado en ayunas garantiza felices y abundantes evacuaciones a hora fija, es muy posible que sintonicemos un programa de Ortiz de Pinedo, desastre sin resquicios por donde pueda asomarse un chiste más o menos inteligente o, peor aún, que caigamos con Paty Chapoy y no nos quede otra opción que el suicidio.

Pero si durante las olimpiadas el zapping es un deporte extremo, en los juegos olímpicos la cosa se puso tantito más fea, si eso es posible. De Tachidito al Compayito, dos coágulos de humor barato e insufrible, a las disertaciones en un idioma desconocido de Soraya Jiménez, el llanto lamarquiano de Toño Rosique, los patéticos sketches de Eugenio Derbez y Omar Chaparro, los desplantes sensacionalistas y mamilas de Enrique Garay, las sandeces de Facundo que supone que el punto más alto de la comicidad es aventarle agua a la gente, la escenografía de Televisa Deportes que, Bruce Lee me perdone, parece el prostíbulo del señor Han en Operación Dragón, y un larguísimo etcétera, lo que vimos a través de las pantallas demuestra el grado de pobreza, vacuidad y estupidez que impera en la televisión mexicana.

Pero lo peor (o lo más peor y que Elba Esther Gordillo me bendiga con una posición sindical), es la campaña tan evidente de Telerisa y Tv Apesta con la que intentan encubrir el fracaso de la delegación nacional, fracaso que refleja la descomposición de los diferentes organismos deportivos mexicanos, cuyos presupuestos sólo sirven para que los directivos hagan grilla barata, financien sus guerras intestinas y se llenen los bolsillos. Afortunadamente la campaña no da para mucho: sabemos que el mérito de nuestros medallistas olímpicos es sólo de ellos, de su esfuerzo y dedicación, y para muestra está Guillermo Pérez, quién ganó la medalla de oro a pesar de que, por órdenes superiores, durante mucho tiempo le negaron la entrada a las instalaciones del Comité Olímpico Mexicano.

Gracias a Dios (en cualquiera de sus presentaciones comerciales) no todos en la televisión mexicana son especímenes unineuronales: alguien en TVC Deportes recurrió al sentido común, descubrió que en una justa olímpica lo más importante son los atletas y el resultado fue inmejorable: sin necesidad de transportar a Pekín a cronistas, analistas y comediantes, trasmitiendo en vivo y con repeticiones vespertinas, TVC simplemente probó que inteligencia y creatividad pueden más que el despliegue tecnológico y la obsesión por el rating fácil. Vientos.

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