Persiguiendo una ilusión

“La historia sucede una vez como tragedia y se repite como farsa”.

Don Carlitos Marx

Domingo 26 de octubre. 10 de la mañana. Llego al retén y un policía me pregunta: ¿Adónde se dirige?; contesto: Al tapón del Darién en Panamá. El oficial ni se inmuta, como si el Darién quedara 3 esquinas antes de Seyba, e inicia la burocrática revisión del vehículo: activa su dispositivo de Rayos X y mira de pasadita la portezuela trasera, camina hacia atrás y checa que las llantas sean redondas, regresa, se agarra la barbilla y en una de esas, sin medir las consecuencias, baja la cabeza y me apunta con sus pelos erizados. Que me invade, chito, un miedo inenarrable a morir traspasado como alfiletero, y que me aferro al volante y al asiento (al volante con las manos, aclaro) y que empiezo a rezar como cuando era catequista; a la mitad de la oración donde encomendaba mi alma a todos los santos inventados hasta hoy, escucho una voz redentora que dice: Pase. ¡Ufff!, mi escroto vuelve a tomar el volumen acostumbrado. Entro a la autopista y minutos después arribo a Champotón. En casa de mis padres encuentro una invitación de la LIX Legislatura para la presentación del libro: “Directorio histórico, político y administrativo del Estado de Campeche, 1858-2007”, de Emilio Rodríguez Herrera y Rafael Vega Alí, que se había realizado días antes, el lunes 20 de octubre, en el local de Juan Chupeta.

Los presentadores fueron: Mario Luís García Ortegón en representación del presidente municipal Raúl Uribe, y el diputado Eudelio Hinojosa, quien reapareció luego de 2 años de haberse extraviado en algún lugar de su curul. Pero la nota grande fue el moderador: el ahora muy sonriente y rete buena onda don Carlos Felipe Ortega Rubio, presidente de la Gran Comisión del Congreso y aspirante a ocupar la silla del Cuarto Piso, quien, al moderar estos implacables, profundos e interesantísimos duelos entre sabios, tiene la oportunidad de recorrer nuevamente el Estado para disfrute de la perrada de provincia, siempre deseosa de rendir tributo a las reliquias de la política campechana.

La investidura de moderador de don Carlos Felipe viene justo después de su segundo informe de labores, acto solemne que marcó el inicio de su trepidante precampaña: desde entonces, de la mano de su esclavo nubio “El Cabezón” Rodríguez, no ha dejado de sonreír, de dar entrevistas, de reunirse en lo oscurito para consolidar alianzas estratégicas, de apapachar líderes panzonas, de besar niños escuálidos y moquientos, y ahora, en el papel de referí de estos trascendentales debates, lo veremos aplicar su innata realeza de porte en la tarea de dosificar información para proteger el disco duro de los asistentes.

Por una extraña asociación de ideas, el activismo de don Carlos Felipe me recordó estas mismas fechas pero de hace seis años. En aquella época, el presidente de la Gran Comisión, don Fernando Ortega, acababa de organizar un espléndido informe de labores, que según sus seguidores lo ubicaba a la cabeza de los aspirantes a suceder a don Antonio González Curi, y posteriormente asistió a la Casa 6 a la presentación de un libro sobre las Juntas Municipales, editado por el Congreso del Estado, que se convirtió en la celebración de su inminente nominación como candidato. Ese fue el momento cumbre de su precampaña.

Poco después, a principios de noviembre, la militancia priista se pronunció por don Jorge Carlos Hurtado y, pasados algunos años, don Antonio González Curi me confesó que la decisión de la militancia había sido acertada, puesto que coincidía totalmente con las encuestas que él poseía. El pueblo no se equivoca.

A la historia le falta tenacidad. Despliega todo su potencial dramático en el primer intento y en el segundo sólo arriesga un chisguete de insulsa comicidad, un sketch propio de los programas de Ortiz de Pinedo, de la próxima selección del candidato del PRI a la gubernatura o del regreso a Campeche un domingo por la tarde: salgo de la autopista y un fruncimiento me anuncia que estoy cerca de donde acribillan con alfileres, me aferro al volante, por si acaso envío a quien corresponda una vertiginosa y sufridora oración, pero me la peletier: en el retén no había un sólo policía, nadie que me preguntara siquiera cómo me había ido en la excursión por el Tapón del Darién en Panamá.

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