Resurrecciones

No hace mucho, en un lugar borrado de la memoria de los hombres que deciden dónde ubicar refinerías de Pemex, los pobladores contaban lo siguiente: para el poder de Juan Camilo, el dinero de los Mouriño y la estructura del PAN sólo existe un antídoto: un tal Fernando Ortega. Pero en la tarde de un martes horrible la muerte lo cambió todo. Desde entonces, en el PRI, cualquier candidatura dejó de ser absurda y los que antes sentían cada vez más lejano un posible ungimiento, tomaron nueva vida.

Don Carlos Felipe, de la mano de su esclavo nubio “El Cabezón” Rodríguez, se lanzó a recorrer el estado por enésima vez armado con las enseñanzas de sus asesores de imagen, y se le ha visto sonriente, como nunca en sus muchísimos años como servidor público, y como nunca en sus muchísimos años como servidor público saluda de mano, y hasta de beso, a quienes antes miraba con repugnancia. Es el delfín del grupo, dicen los politólogos; es el del fin del grupo, dice la gente común que, se supone, no sabe un caraxo de política.

Tras él va Alito regalando sillas de ruedas y aires acondicionados y triciclos y planchas y licuadoras y ventiladores y televisiones y etcétera, anunciando la buena noticia de que una nueva generación ha llegado, y pidiendo a la gente que no haga caso a las promesas de siempre ni se deje comprar con los regalos de siempre de los políticos de siempre.

Conjugando su cargo como titular de la Secretaría de Turismo con la propiedad de varios medios de comunicación, don Jorge Luís González Curi ha lanzado una ambiciosa campaña que afirma que Campeche está de moda. Este admirable logro de mercadotecnia turística, repetido hasta la nausea, debe de ubicar a don Jorge Luís en un lugar privilegiado entre los precandidatos y, por qué no, respaldarlo para convertirse en el abanderado del PRI a la gubernatura. Con eso quedaría demostrado que lo de moda en Campeche, desde 1997, son los González Curi.

A don Víctor Méndez se le ha visto bueno y sano.

Pero me parece que se ha olvidado un punto muy importante. Mucho antes de Juan Camilo y su fugaz carrera política ya existía un fenómeno que mermaba, elección tras elección, la cauda de votos del PRI: el cansancio de los campechanos de segunda clase, esos que sexenio tras sexenio ven a los mismos hombres repartiéndose el erario y escuchan los mismos nombres repitiéndose en los cargos públicos, y a Campeche en eterna postración.

Fue ese cansancio, y no otra cosa, lo que fortaleció a doña Layda frente a don Antonio González Curi, quien tuvo que hacer circo, maroma y teatro para ganar unas elecciones que, por decirlo lo menos, fueron bastante puercas. Y ese mismo cansancio, más la toxicidad letal de don Antonio González Curi, dejó a don Juan Carlos del Río a sólo 5 mil votos de aterrizar en la gubernatura, cuando nadie daba un cacahuate por él.

El cansancio sigue ahí. Si de ganar se trata, lo recomendable es que en el PRI-Gobierno escuchen a sus bases y al resto de la perrada, y basados en ello elijan a su candidato. Pero es muy difícil que ese argumento lo entiendan los precandidatos que, tras el funesto avionazo, sienten que encontraron nueva vida.

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