¿Lucha frontal contra quién?

Después del concierto para flauta y oboes que le dedicó Mónica Lewinsky, y para desviar la atención de la sociedad norteamericana, Bill Clinton ordenó un salvaje bombardeo a Irak bajo un argumento inverosímil. Pero el público, que ya había olido sexo, sudor y lágrimas, no se dejó engatusar por un truco tan barato y don William Jefferson fue perseguido, humillado y obligado a confesar hasta las armonías bucales que jamás había disfrutado.


Cuando la popularidad de George Bush empezó a caer vertiginosamente, en parte por su pésimo manejo de la economía, en parte porque la opinión pública supo que el pretexto para despedazar Irak, las armas de destrucción masiva, había sido una mentira flagrante, no se le ocurrió otra manera de combatir el repudio ganado a pulso que revivir, mediante alertas terroristas, el infierno de las Torres Gemelas. Y fueron tan frecuentes las alertas y tan predecibles (cualquier ridículo de Bushito ameritaba un anuncio apocalíptico) que era una tradición dominical escucharlas después de los marcadores del futbol americano.


Desde su llegada al poder, Felipe Calderón se enfrascó en fiera y desigual batalla contra la delincuencia organizada, el narcotráfico sobre todo. De repente del subsuelo, de los charcos, de la nata espesa del puchero frio brotaron retenes militares y hordas de soldados clonados. Tres años y varios miles de muertes después, nos dicen que la lucha sigue, frontal e incansable, y recientemente Gómez Mont, el elefantiásico secretario de Gobernación, emitió un desafío al cártel “La Familia” a quien, dijo, tiene copado, al borde del colapso y bla bla bla.


Y mientras nuestro gobierno nos jura que libra esa guerra sangrienta, en las calles del país la droga sigue corriendo en abundancia y su precio continúa bajando; y en las altas esferas las estructuras financieras y los mecanismos de lavado de dinero del narcotráfico siguen intactos.


Por lo anterior, concluyo que o vamos perdiendo la guerra contra el narco, Dios no lo quiera, o el dispositivo militar tiene funciones ajenas a esa lucha, entre otras: el deseo de Calderón de lograr, a través de la intimidación, la legitimidad que no pudo obtener en el pestilente proceso electoral de hace tres años, o tal vez es un intento de enfriar el enojo ciudadano por las consecuencias del catarrito económico, que resultó ser una pulmonía devastadora.


Como están las cosas, no es fantasioso vaticinar que la presencia del ejército en las calles aumentará en los tiempos venideros, sobre todo por los problemas de gobernabilidad que enfrentará el presidente del empleo después del castigo que los mexicanos le asestamos el 5 de julio. Por lo tanto, chamacos, el asunto se pone lujurioso: a punta de bayonetas y retenes, Calderón pretende que le hagamos lo que la Lewinsky a Clinton, y eso no me parece una buena idea.



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