Champotón: gimnasio para gobiernos fallidos

Semanas atrás, en la Dirección de Vialidá de mi pueblo, algún profesional de la intuición determinó que la calle que pocos conocen por su número, y muchos porque ahí se encuentra la cantina de don Canelo, era demasiado angosta, y para prevenir los muchos accidentes que nunca han ocurrido, mandó pintar una muy larga y gruesa línea amarilla en la banqueta, lo que en buen castellano significa “No os estacionéis”.


Aunque la medida perjudicó grandemente a los comerciantes nadie protestó, nadie excepto don Canelo, que echó maldiciones a diestra y siniestra (en ambos casos léase Xico) porque su hotel, ubicado a un costado de su cantina, no tenía más estacionamiento que la banqueta recién infectada de amarillamiento letal, ni más seguridad para los autos de los huéspedes que la mirada alerta del velador tras la ventana.


Durante días no se habló de otra cosa que no fuera la molestia de don Canelo, que en un arrebato de ira fue hasta la Presidencia Municipal a quejarse aunque, Dios es grande, sin desenfundar el saxofón, por lo que la sangre (del oído interno de Xico) no llegó al río. No obstante la expedición punitiva, la crisis continuó.


De repente, a finales de diciembre, la línea amarilla amaneció interrumpida por un misterioso manchón blanco con leyenda incluida: “Estacionamiento exclusivo de don Canelo”. A vertiginosa velocidad los champotoneros resolvimos el enigma: si a) el más endemoniado por la disposición vial era…; b) la interrupción estaba justo frente del hotel de…; c) la leyenda mencionaba a…; entonces el responsable era d) on Canelo.


La anomalía generó distintas versiones: la primera fue difundida, dicen, por el propio beneficiario, quien aseguró que había pedido la intervención del gobernador para que le dieran a sus vehículos un cachito de banqueta donde estacionar sus huéspedes (o al revés). Pedir al principal responsable de salvaguardar leyes y reglamentos que infrinja leyes y reglamentos, y ver cumplida la petición, hace grande y temido al peticionario. Don Canelo, por tanto, quedó revestido de impunidad y gloria.


Ahí hubiera acabado todo de no ser por un familiar del revestido, que no estaba al tanto del cuento y lo desmintió al revelar que su papá había pedido el favor a un tal Escalante. Rápidamente dedujimos: ese Escalante debe ser Gabriel. Ajá, picarón, conque dándonos gato por gober. El revestimiento de impunidad y gloria empezó a resquebrajarse.


Y de resquebrajarse terminó cuando se supo que ni Fernando ni Escalante sabían del episodio, y que don Canelo, simplemente, recurrió a la prosaica costumbre de untarle la mano al director de vialidá del municipio. Y aquí sí la cosa se puso fea.


Ahora bien, hasta este momento sólo hemos sabido de la villanía y no de la heroicidad que, con Hernández de Córdoba como mi testigo, les juro que abunda en Champotón. Frente a la cantina de don Canelo vive Marcovich, que igual había sido perjudicado pero que, como buen ciudadano, acató la determinación de la autoridá vial en pro del bien común. Y la respetó en tanto el reglamento se aplicó a rajatabla, pero cuando supo que la corrupción había beneficiado al vecino, decidió hacer justicia por cuenta propia.


La tarde del domingo 3 de enero, Marcovich atravesó su vagoneta justo frente a la cocina económica de su mujer, situada a un costado del hotel y la cantina de don Canelo, impidiendo el tránsito hacia el Parque Principal. Cuando llegó la autoridá, Marcovich anunció que no iba a moverse en tanto no borraran o la línea amarilla para que volviera la normalidad, o el manchón blanco que favorecía a don Canelo. Como reza un principio jurídico del Primer Mundo: “O todos hijos o todos entenados”.


Se armó la discusión, fragorosa e interminable, y se hizo el gentío; de pronto llegó la grúa con la más fea de las intenciones y los policías quisieron engancharle la vagoneta de Marcovich, pero fueron rechazados con fiereza por los rebeldes. En la gresca, un elemento de seguridad pública fue rasguñado y mordido por una dama de alto calibre y de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas, que durante el resto de la batalla siguió acribillando al enemigo con mortales ráfagas de insultos.


Los policías retrocedieron, se reorganizaron y luego explicaron que el diálogo era la mejor vía para solucionar el conflicto. Los sublevados dijeron que aceptarían sólo si la grúa se iba; la grúa se fue e iniciaron las negociaciones.


Marcovich mantuvo firme su postura aunque los policías insistieron en que, de seguir, agregarían una multa más a las doce que ya acumulaba para ese entonces. Sin aspavientos, con un tono de voz pausado y tranquilo, Marcovich les respondió que esas multas sólo iban a servirle para limpiarse el culo.


El debate continuó por cuatro horas, hasta que los policías aceptaron borrar el manchón blanco y la leyenda de exclusividad de don Canelo pero hasta la mañana siguiente, porque en ese momento no tenían pintura amarilla. No habían terminado de decir “amarilla” cuando, de la cocina económica, alguien sacó un bote de pintura de ese color y regresó el caos.


Mucho después, ante la nula posibilidad de acuerdo, la policía se marchó, el líder de la revuelta hizo lo mismo y arribó la paz. Y al amanecer, sin que nadie sepa cómo, la línea amarilla había desaparecido tras unos groseros brochazos de pintura blanca, y lo más dramático: las trece multas acumuladas por Marcovich durante su lucha justiciera desaparecieron sin que hasta el momento se conozca su paradero.




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