déjà vu

Durante la sesión en la que priistas y panistas se incriminaron por el famoso contrato que prohibía coaliciones políticas en el Estado de México, los legisladores insistieron en el exquisito nivel de debate que tanto disfrutamos. A mitad del show, los tricolores llevaron su sentido del humor a regiones inexploradas y acarrearon un muñeco de Pinocho hasta la curul de César Nava, y eso estuvo muy bonito, todos se rieron mucho y los congresistas desquitaron los 6 mil pesos diarios que reciben como salario.

Pero siempre hay un pelo en la sopa, y en este caso estaba teñido de azul. En medio de la pelotera, a una diputada panista no le pareció tan divertida la sesión ni el Pinocho y contraatacó gritando que Peña Nieto asesinó a su esposa. Así, sin salivita ni gel lubricante soluble en agua, la señora legisladora acusó al más poderoso de los precandidatos a la Presidencia de ser un asesino. Alto ahí.

Sobre la muerte de Mónica Pretelini, esposa de Peña Nieto, se ha dicho mucho, incluso una versión indica que la señora no está muerta, ni anda de parranda, sino que se metió más droga de la pertinente, se quedó en el viaje y la tienen recluida en un lugar secreto. Sin embargo, el homicidio tiene más partidarios aunque nadie entrega pruebas ni argumentos categóricos. Para muestra lo siguiente: un amigo asegura que la culpabilidad del Gaviotón es indiscutible porque no pudo recordar de qué falleció su mujer en aquella entrevista que le hizo Jorge Ramos en Univisión, cuya trasmisión en México fue prohibida expresamente por la propia televisora.

Para acabarla de amolar, en diciembre de 2009 empezó a circular un correo electrónico en el cual, sin ambages, una tal T.D. revela que Peña Nieto engañaba a su esposa con varias mujeres, que se alejó de sus hijos y sólo los buscaba si servían para sus fines de promoción política, que está obsesionado con la Presidencia, que se ha relacionado con los narcos que controlan el PRI y que la muerte de Mónica no fue accidental. Si les interesa leer la carta completa, pinchen aquí.

Aclaro que un posible crimen pasional por la intromisión de Angélica Rivera en el horizonte hormonal de Peña Nieto es inadmisible, porque el noviazgo con la actriz fue un mandato de Televisa muy posterior a la muerte de Mónica. Y también que no tengo elementos para señalar si Peña Nieto fue el asesino de su esposa ni qué tanto poder tienen los narcos dentro del partido tricolor. Sin embargo, este embrollo me provoca un déjà vu.

Los trapitos ensangrentados de Andrés Manuel López Obrador surgieron cuando su carrera rumbo a Los Pinos parecía imparable. Entonces se supo que una tarde de 1963, después de una discusión con José Ángel León Hernández, su compañero de equipo, y de un intercambio de golpes en el que sacó la peor parte, Andrés Manuel esperó a que su oponente diera la espalda y le tiró un pelotazo en la nuca que lo dejó en estado vegetativo hasta su fallecimiento en 1995. Y en 1969, López Obrador estuvo involucrado en otra muerte, la de su hermano José Ramón. Unos dicen que José jugaba con una pistola que se disparó y lo mató. Otras, de un forcejeo: Andrés Manuel intenta que su hermano deje el arma y sucede la desgracia. Hasta el día de hoy, el Peje se ha negado a hablar sobre el tema y no hay un sólo documento en todo Tabasco, ni de nacimiento ni de defunción, que arroje luz sobre el asunto; desaparecieron en el sexenio de González Pedrero, cuando Andrés Manuel era el hombre poderoso del gobierno.

Otro precandidato acusado de asesinato fue Carlos Salinas de Gortari. Éste tenía 4 años, su hermano Raúl 5 y su amigo Gustavo Zapata 8 cuando “fusilaron” a una sirvienta de 12 años, llamada Manuela, con un rifle calibre .22. La muchacha recibió el balazo en el pómulo izquierdo y murió al instante. El hecho apareció en la edición del 18 de diciembre de 1951 del periódico más importante de entonces, Excelsior, y cada cierto tiempo, cuando Salinas asoma la calva y los ojitos de roedor, vuelve a circular por Internet la foto de aquella primera plana.

Ya sabemos cómo nos fue con Salinas, hoy día operador de la campaña de Peña Nieto. Y sobre el Peje, algo misterioso hay en él que cautivó a la mitad de los mexicanos y lo hizo odioso para la otra mitad, y que le alcanza para que a dos años de las elecciones, navegando en las aguas lodosas de los partidos de izquierda, siga siendo prospecto a la Presidencia.

Peña Nieto, por su parte, es el precandidato más fuerte dicen las encuestas, pero el camino es largo y culebrero y su modelo de campaña mediática, diseñado por Televisa, empieza a dar señales de fatiga. No obstante, es muy probable que sea el próximo inquilino de Los Pinos. En ese sentido, si Gaviotón me provocaba desde hace tiempo una aversión fisiológica agravada por la lectura del libro de Jenaro Villamil (“Si yo fuera Presidente. El reality show de Peña Nieto”), la sensación de homicida familiaridad que lo emparenta con Salinas y el Peje me ha convencido de que se trata de la misma lavativa con diferente bitoque. Y siendo así, prefiero voltear hacia otras opciones políticas.

Cosas raras tiene éste país en el que un déjà vu puede definir un voto.

*Déjà vu o paramnesia es la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva.

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