La insoportable levedad del chayo

Convergencia no es un partido político, es la oficina electoral de la luchadora social antes conocida como Layda Sansores, ahora “Layda, la sensualidad hecha esquizofrenia”. Y como toda oficina electoral desde los tiempos del priismo clásico, Convergencia practica farsas democráticas: cada determinado tiempo, los militantes votan por la opción aprobada por la doña Sansores y sobreviene el cambio de dirigente. Hoy día ese cargo recae en Manuel Zavala, personaje que dedica su tiempo libre a resolver misterios complejísimos, como podrán comprobar en el siguiente párrafo.

En una conferencia de prensa, Manuel Zavala reveló: “Hay sospechas de que el ex presidente panista Vicente Fox, así como el ex gobernador Jorge Carlos Hurtado y Jorge Luis González Curi, son socios de los españoles que construyen el megaproyecto Campeche Playa”. Eso dijo Manuel, y cuando leí semejante revelación, yo dije: ¡Toma perro! Habrá que ver las pruebas que aporte “Layda, la sensualidad hecha esquizofrenia” sobre esta sociedad que, por cierto, era del dominio público desde antes que colocaran la primera piedra del proyecto megapospuesto, fenómeno que, extrañamente, los medios de comunicación locales prefirieron silenciar.

Hasta hace unos meses, el arquitecto González Curi no sólo era sota, caballo y rey en Campeche, cargo que llevó con dignidad desde el arribo al gobierno del Estado de su hermano Antonio, sino que, en cumplimiento de sus responsabilidades como secretario de Turismo de don Jorge Carlos Hurtado, iba por el mundo como por su casa y las raras veces que se le veía por las murallas era aclamado por su visión, dinamismo y otros incontables atributos, entre ellos supongo que la hipnosis, con los que convenció a miles de turistas de visitar la Nueva Grandeza de este cementerio de elefantes.

Hoy, al revisar los periódicos atrasados después del largo puente vacacional, encuentro en Tribuna una foto del arquitecto González Curi huyendo de periodistas que pretendían interrogarlo sobre Campeche Playa. Y si la imagen es vergonzosa, la nota es peor: el único argumento que se le ocurrió al arquitecto para evadir el tema fue que tenía que recoger su firma electrónica.

Qué ironía: el hombre más temido en los últimos doce años, el que era único y solitito propietario del control remoto, el que podía jugar en cualquier equipo europeo sin ocupar plaza de extranjero, el que era aclamado por el peladaje y elogiado por articulistas de medio pelo, hoy pretexta excursiones a Hacienda para huir miserablemente de los reporteros. Sic transit gloria mundi, arqui.

Don Jorge Carlos Hurtado, contador de profesión, tenía todos los dones para ser un buen gobernador en los años cuarentas del siglo pasado, aunque ya en los años sesentas sus formas políticas hubieran precisado un tratamiento contra la osteoporosis. Pero esas consideraciones no tienen la menor importancia en el negocio del poder. Como los González Curi necesitaban mantener su cacicazgo para resolver sus problemas económicos por veinte generaciones, incrustaron a don Jorge Carlos en el Cuarto Piso, valiéndoles un caraxo que los desafíos del cargo estaban más allá de la comprensión del contador. No se requerían los naipes de la suerte para saber en qué iba a parar el experimento.

La población liberal, heroica y patriótica, que ya sufría las consecuencias de la sucesión de malos gobiernos, vivió con don Jorge Carlos la institucionalización de sus pesadillas: los pocos bendecidos por el poder y la endémica corrupción continuaron acaparando dinero y oportunidades, mientras la perrada conoció nuevos estadios de miseria y atraso. Y por si fuera poco, el sexenio de las pocas palabras dejó las finanzas públicas con un déficit de más de dos mil millones de pesos. Sic transa el arqui.

En tiempos de don Jorge Carlos, la Joya de la Corona fue el megaproyecto turístico llamado Campeche Playa a cargo del Grupo Mall, consorcio español que, puta madre, quinientos años después continúo la tradición de cambiar espejitos por oro contante y sonante.

Desde el inicio el megaproyecto olía a podrido. Van algunos datos. La banca española es famosa porque incentiva a las empresas con créditos a una taza de interés muy baja, plazos descabelladamente largos y apoquina en euros. Es por eso que en lugares como Playa del Carmen, para no ir más lejos, han crecido como por generación espontánea cualquier cantidad de hoteles de franquicias ibéricas.

Campeche Playa, en cambio, marchaba con lentitud geológica y esta vez la responsabilidad no era de la contagiosa campechanía, enfermedad capaz de confinar a un japonés en una hamaca. Lógicamente, vinieron las preguntas: ¿Por qué los Novall, propietarios del Grupo Mall, siendo tan españoles como Locomía, no construían a la misma velocidad que lo hacen sus paisanos en otras partes de México y el mundo?, y ¿cómo convencieron a las autoridades encabezadas por Jorge Carlos de la viabilidad del megaproyecto y continuaron con el engaño durante tanto tiempo?

Como es habitual en campechito retrechero, el fraude y el absurdo caminaron de la mano. En febrero de 2008, el Gobierno del Estado y el Grupo Mall organizaron un evento en la Puerta de Tierra al que asistió todo mundo para, ta ta ta taaan, festejar el segundo aniversario de la colocación de la primera piedra del megaproyecto.

Por si lo anterior no fuera suficientemente triste, no fue Julio Novall, presidente de Mall, el encargado de despejar las muchas dudas que para ese entonces habían sobre su solvencia económica y moral y la situación de Campeche Playa, sino don Jorge Carlos que, dejando de lado su investidura de gobernador y tomando la chambita de vocero, agarró por su cuenta el micrófono para decirnos que todo iba a la perfección.

Ahí fue donde las sospechas se transformaron en certezas, por lo menos para algunos mal pensados. Si don Jorge Carlos defendía un proyecto que nomás no marchaba, si también lo defendía el arquitecto González Curi, secretario de Turismo, cuya destreza para los negocios desde el poder es legendaria, y si el financiamiento estatal otorgado a los Novall se había manejado con la turbiedad de un negocio prohibido, pues la sociedad entre españoles, arqui y gobernador era evidente. Y las sospechas se convirtieron en asunto del dominio público que, extrañamente, los medios de comunicación locales prefirieron silenciar.

La actual administración, esta generación que cambiará Campeche (si se apendejan, será Campeche quien cambie de generación) debería estudiar el caso del megaproyecto y la persecución al arquitecto González Curi, a ver si aprenden algunas cosas sobre la insoportable levedad del chayo. Más ahora que, apenas iniciado el sexenio, la asfixiante cercanía de Manuel Andrade con Fernando, además de los negocios del ex gobernador madracista con este gobierno, como su despacho de asesores, su constructora, las constructoras tabasqueñas relacionadas con él que ya son una plaga, etcétera, han generado tantas habladurías que muchos lo ven como una especie de heredero del arquitecto González Curi construido en Burger King, fenómeno que, extrañamente, los medios de comunicación locales prefieren silenciar.






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