Xico, su diezmo y los otros

Sentado en el fondo de un bache, bañado por la oscuridad del alumbrado público, comiendo galletitas en su oficina mientras afuera la gente se petrifica esperando hablar con él, Xico pensó y repensó y llegó a una conclusión inapelable: Champotón necesita urgentemente una Dirección de Catastro moderna, confiable, eficiente y etcétera. Tantán. Una vez decidido, encargó a un ingeniero la elaboración del proyecto que, viéndolo bien, es como enviarle salvavidas al Titanic.

Cuando el proyecto estuvo terminado, fue presentado ante nuestra primera autoridá, quien ni se metió a profundizar en asuntos técnicos ni sintió el vago horror sagrado que sufren los de su especie ante la tecnología; Xico simplemente preguntó cuánto costaba ponerlo en marcha, le dijeron que 2 millones, exigió su diezmo, el ingeniero dijo “yes” y Xico dijo “va”.

Para cumplir con el tedioso protocolo, el flamante y espectacular proyecto de Catastro fue mostrado a los regidores quienes, mareados por las lucecitas, botoncitos y otros milagros de la época, lo aprobaron sin hacer morisquetas. Pero después de un rato, pasado el encandilamiento, recordaron que estas cosas no se aprueban así porque sí, que hay ciertos requisitos, como el diezmo, que son de elemental observancia, y fueron con el ingeniero a pedirle los 200 mil de rigor, para que el asunto caminara.

El ingeniero los recibió con una mala noticia: llegaban tarde: el presidente municipal, que tiene las uñas más rápidas de la región, ya había reclamado ese dinero y como la jurisprudencia indica que PRImero en tiempo, PRImero en derecho, no había nada que hacer.

Los regidores, indignados por el madruguete y por la corrompida naturaleza de Xico, decidieron conformar una alianza indestructible para exigir la repartición justa y solidaria del diezmo. Después de todo, para ellos la regiduría representa el fin de su carrera política y tienen que avituallarse como es debido para afrontar los tiempos de las vacas anoréxicas. Además, los Sex Pistols lo advirtieron en God saves the queen: “Si no hay futuro, ¿cómo puede haber pecado?”.

Xico se indignó por la corrompida naturaleza del cabildo pero resolvió el problema con una pincelada de alta diplomacia: “¡Que se vayan a chingar a su madre!”, dijo. Luego llamó a los regidores de su partido, creyendo todavía que las siglas tienen algún peso, los regañó con inusitado frenesí porque “son unos pendejos que se habían dejado manipular por los pinches panistas” y les demandó dejaran pasar el proyecto porque ya lo tenían harto.

Los regidores lo dejaron correr, y cuando el presidente finalizó su desbocada retahíla de improperios, le respondieron que no dejarían pasar nada, que estaban unidos, eran invencibles y querían su parte del tesoro. Xico, claro, los despidió con la exquisitez habitual: “¡Chinguen a su madre!”, les susurró. Los regidores respondieron a los atentados al Diez de Mayo con un endurecimiento del bloqueo al proyecto de Catastro.

Sentado en el fondo de un bache, bañado por la oscuridad del alumbrado público, comiendo galletitas en bla bla bla, Xico recapacitó y llamó otra vez a los regidores priistas para hacerles un planteamiento que, la verdad, es la cumbre de la negociación política: “A ustedes les doy su parte, cómo que no, si son priistas como yo; pero a esos hijoeputas del PAN no les doy ni madres. Ustedes dicen.”

Dijeron “no”.

A partir de ahí las historia es la de dos monólogos y ningún diálogo. El edil, aferrado a su ofrecimiento; los otros, dispuestos a morir antes que dividirse. Los regidores, entonces, decidieron ponerle salivita a la terquedad de Xico investigando ciertos antecedentes un tanto turbios de nuestra primera autoridá.

Fue así como se metieron en los manejos de la feria de diciembre y hallaron que Xico se había embolsado una buena lana usando trucos de mago de pueblo, como los 120 mil pesos de la función de box a beneficio del DIF Municipal, que pidió para resolver algunos pendientes del Ayuntamiento, o la utilidad que arrojó la feria ganadera y que también erosionó a rasguños.

Luego, los integrantes del cabildo solicitaron los documentos del carnaval, cuyo presupuesto fue manoseado por el presidente con entera libertad y donde, but of course, hay zonas muy turbias en las cuentas entregadas. Con las pruebas en el morral, los regidores hablaron con Xico: o repartía el botín o empezarían a revelar los malos números de la feria y el carnaval, y éste volvió a recurrir a su infalible mano izquierda: “¡Vayan y chinguen a su madre!”, les dijo, y agregó un toque de refinamiento al asunto al decirle a la regidora del Panal: “¡Ya me tienes hasta la madre!”

Poco después, el cabildo dio un paso más en su estrategia de presión y anunció la destitución del Tesorero de la Comuna, que casualmente es concuño de Xico y se convierte en el diabólico Triángulo de las Bermudas si le pasa una moneda cerca; y además amenazaron con destapar el drenaje y dar a conocer a la prensa (excepto Tribuna, no sé por qué) cuál era el método usado por Xico para crecer y que la gente gane.

Pero a punto ya del cataclismo, llegó la salvación. Alito se presentó, convocó a los regidores y escuchó sus demandas. Luego hizo lo mismo con Xico, quien afortunadamente asistió a la reunión sin su proverbial cortesía, por lo que la mamá de Alito salió ilesa. Alito convenció a Xico con argumentos que valen su peso en lodo: “¡Déjate de pendejadas y págales que el dinero ni siquiera es tuyo. Si no, te van a joder todo el trienio!” Xico estuvo de acuerdo.

El drama finalizó así: los regidores recibieron 30 mil pesos sólo por aprobar las cuentas públicas de abril y mayo, y a partir de junio han recibido un bono de 15 mil pesos para gastos de gestoría, atribución que no les corresponde formalmente. El propio Tesorero, concuño de Xico, ha sido el encargado de adiestrarlos en el juego de comprar facturas para cuadrar la contabilidad. Todo esto además de los 30 mil pesos mensuales que ganan por sus servicios como cuerpo edilicio, contrapeso del ejecutivo municipal.

No es todo. En lo que resta del trienio, será el cabildo el que organice tanto la feria de diciembre como el carnaval, lo que supone un dineral por concepto de contratación de artistas de medio pelo que nos cuestan lo mismo que Paul McCartney, más la morralla de la venta de cervezas, fuegos de artificio, derecho de piso, etcétera.

Sentado en el fondo de un bache, bañado por la oscuridad del alumbrado público, recuerdo aquellos tiempos del gobierno perredista en los que resultó un atrevimiento, un escándalo, la compra de dos radiadores para un Volkswagen sedán, un volcho, que fue diseñado para no usarlos jamás. Qué inocentes éramos, carajo.


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