El banco fuerte de México


Yo era feliz cuando tenía mi cuenta en Banamex, hasta que la sucursal de la calle 53, mi preferida, empezó a dar preocupantes señales de deterioro. Primero fue el aire acondicionado: después de vagar por el Centro Histórico sorteando las trampas mortales que colocan los eternos rehabilitadores de fachadas, de caminar a bajas revoluciones tras señoras elefantiásicas que platican incoherencias mientras obstruyen el paso, de torcerme el tobillo en las rampas para discapacitados que en Campeche fueron situadas en mitad de la banqueta y no en las esquinas, como en el resto del mundo, y de sufrir todos estos contratiempos bajo un sol que raja piedra, lo menos que uno desea es una glaciación.


Mi sucursal preferida no calificaba como máquina del tiempo capaz de trasladarme a la Edad del Hielo, pero servía bien como refugio contra la insolación. Un buen día, no sé si porque se echó a perder o por ahorrar energía, el aire acondicionado se apagó y el Banamex de la calle 53 se convirtió en el primer temascal con servicios financieros. Como es una tradición en tierra de liberales y heroicos patriotas, nadie se quejó.


Poco después la sucursal sufrió otra pérdida: el aparato de tickets dejó de funcionar y era necesario formarse en una fila que a veces daba vuelta a la esquina. Un día llegué muerto de calor, la cola era larga como una esperanza y me tocó en plena banqueta, atrás de dos menonitas. Avanzamos lentamente hasta que, por fin, entramos al edificio; en ese entonces el aire acondicionado era ya un recuerdo remoto y adentro hacía un calor sahariano.


Mientras estuvimos en la calle el olor de los menonitas fue tolerable, pero ya en el temascal el hedor a jabalí empapado se esparció por el recinto; de pronto empecé a sufrir un insoportable ardor en los ojos y al mismo tiempo una beatífica laxitud se apoderó de mis 115 kilos de peso, me sentí flotando en un mundo extraño donde Hendrix tocaba “¿Quién pompó?”. Comprendí lo que sucedía y rogué por un tanque de oxígeno y un visor, y nada; abaraté mis expectativas y sólo pedí un poco de aire fresco, menos; por último, desesperado, supliqué a la Divina Providencia que alguien se echara un pedo, y no hubo respuesta. Asaltado por numerosas dudas teológicas, deserté de esa cámara de gases.


Elegí Banorte porque un amigo me dio una razón que fue como abono para mi árbol genealógico: los bancos pequeños son igual de ineficientes que los grandes, pero por lo menos te llaman por tu nombre. Y además, debo decirlo si quiero ser fiel a los hechos, porque muy en el fondo no dejo de ser un patriota a la manera insustancial, estoica y ridícula que tanto nos gusta. Si Banorte es el único banco mexicano que queda, y así debe ser porque las comisiones que cobra son como los puñales de obsidiana que se usaban en los sacrificios aztecas, hay que apoyarlo.


Desde la apertura de mi cuenta, la relación con Banorte había sido tersa salvo por las veces que me repateaba el hígado descubrir similitudes nefastas con, por ejemplo, la CFE: dos cajeros en modo de slow motion atendían a una multitud que crecía geométricamente a cada minuto.


Pero desde hace unos meses las cosas han empeorado. Los ejecutivos de Banorte tuvieron la ocurrencia de ponerse ladillosos con la firma de los clientes y el resultado ha sido un hostigamiento grafológico. Pobre de ti si firmas sin los ribetes versallescos que estampaste en el microespacio de la credencial de elector, si pusiste una raya de más en la licencia de manejo, si la “a” no está lo suficientemente redondeada como aparece en el pasaporte, etcétera.


No hace mucho fui a retirar dinero y di al cajero mi tarjeta de débito y mi credencial de elector. El cajero deslizó mi tarjeta por la terminal, me pidió ingresara la contraseña y me entregó el comprobante para que lo firmara. Ahí fue donde la rumba derivó en tango.


Firmé y entregué, y el cajero revisó y concluyó que la firma no era mía porque no estaba igual que en la credencial de elector. Le expliqué que ésta data de 1991, cuando yo apenas tenía 20 años, y que por tanto el garabato había ganado simplicidad al igual que mi frente había ganado terreno, cosas de la edad. El cajero, que había escuchado con atención mi alegato, o eso supuse, reviró con un argumento que me pareció conocido: “Es que su firma no está igual que en la credencial”.


Amplié mis razones y le dije que si al deslizar mi tarjeta por la terminal el sistema arrojaba mi nombre, si la credencial de elector tenía mi nombre y mi fotografía, si había ingresado mi contraseña sin problema alguno, él podía ser menos quisquilloso con la firma del documento electoral. “Es que no está igual que en la credencial”, repitió.


Tomé aire, conté hasta diez y sirvió para un carajo. Le dije: “Dame mi dinero que yo afronto las consecuencias de falsificar mi propia firma en caso de autodenunciarme”. “¿Está usted seguro?”, preguntó. Guardé silencio, recibí el dinero y me retiré enfurecido aunque todavía con ganas de vivir. Pero rumbo a la salida encontré una pila de trípticos que decían: “Como un mexicano no hay dos, Banorte lo sabe”, y ahí sí que pensé en el suicidio.


Aclaro que si no me tiré en las Fuentes Cantarinas no fue por cobardía, sino porque temí acabar en una fosa común, lo que con seguridad iba a suceder si el personal del banco declaraba a la policía que el ahogado portaba documentos de un cliente llamado Miguel Villarino, pero en realidad se trataba de un farsante: “Su firma no estaba igual que en la credencial de elector”.


Un comentario sobre “El banco fuerte de México

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s