Con pecado concebida

Era, decían, una donación de Amado Yáñez, pero el susodicho resultó un Dimas (o Gestas, lo que usted prefiera) y el patrocinio de la Stella Maris quedó en el más oscuro de los misterios hasta que, gracias a la periodista Katia D´Artigues, se supo que quien pagó los gastos fue el alcalde carmelita, Enrique Iván González (a) “Satanás” (así le apodan desde su más tierna infancia). Fue ahí donde la hembra porcina curvó el apéndice posterior por las razones que enumero a continuación.

La primera: a pesar de la caída de Oceanografía, Satanás perseveró en la mentira de la donación; probablemente pensaba esconder el gasto de 40 o 70 millones de pesos (es tal la turbiedad con la que se ha manejado el asunto que no se sabe cuánto costó el monolito) con ayuda de la misma magia financiera con la que él y su gabinete desaparecen dinero del erario para materializarlo después en sus cuentas particulares.

Pero ante la revelación de que Oceanografía incumplió el convenio y el despilfarro fue del municipio, su titular tendrá que aclarar de dónde sacó lana para convertir la Virgen de Oceanografía en la Virgen de Satanás, si su única labor como alcalde ha sido aporrearse de pared en pared, cual papalota moribunda, llorando miserias y pidiendo al Congreso préstamo tras préstamo.
Lo segundo: cómo es posible que un ayuntamiento en quiebra, con una deuda de más de mil millones de pesos, haya invertido en un monumento religioso cuando los servicios públicos, su principal responsabilidad, son un desastre.

Sí, claro que entiendo la lógica detrás de todo esto. Si bien la biografía de Enrique Iván está repleta de flaquezas que, de acuerdo con los lineamientos católicos, merecen un lugarcito de privilegio en los dominios de su tocayo Satanás, como político está obligado a aprovechar las oportunidades que se presentan de lucrar con lo que sea, en este caso, la religión. El problema es que fue demasiado lejos. 

Ahora deberá responder por violar la Constitución al no respetar la laicidad a la que está obligado como autoridad. Y sobre esto último, el caso se agrava. Al romperse la frontera entre lo secular y lo religioso, al actuar como  creyente y no como alcalde, Satanás abre la puerta para que las otras religiones exijan el mismo reconocimiento y la misma inversión por parte de las autoridades.

Así las cosas, los protestantes y sus múltiples ramificaciones pueden solicitar un monumento que celebre el instante en que Lutero, armado con las 95 tesis de Wittemberg, le da hasta por debajo de los párpados a Leon X; los mormones, uno donde Joseph Smith regocija la carne con sus 33 mujeres; los menonitas, otro donde condenan el uso del desodorante; y los fanáticos de Chico Che, una estatua al sapo suicida.

Y es que todos, sin importar la religión que profesemos, estamos obligados a pagar impuestos al César para que éste, a su vez, los retribuya con servicios públicos de calidad, no para que maquille la inoperancia y corrupción de su gobierno, y de paso intente ganar puntos en la lotería política, lucrando con la fe del pueblo.

Tantán.

Besitos.



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