¿Y dónde están los masones?

Me tenía preocupado el silencio de la masonería en el debate acerca de la Stella Maris y la sonora bofetada al estado laico, sobre todo cuando hasta los Caballeros de Colón salieron a defender la obra con argumentos extraídos de algún medieval rincón del colon. Algo raro sucede, me dije, pero infancia es destino y, como fanático de las películas del Santo, confieso que siempre mantuve las esperanzas de que aparecieran los masones, con la capa al aire, para aplicarle a los Caballeros una urracarrana voladora y a Enrique Iván una lavativa con escuadra y compás que le quite lo sabroso.
Les advierto que mis esperanzas estaban más que fundadas. Cada 21 de marzo los masones salen de su madriguera y, con voz engolada, nos ilustran sobre Benito Juárez y sus inmensas aportaciones a la patria, entre ellas la separación Estado-Iglesia, lo que no tiene otra lectura que avisar que ahí están ellos, con sus mandiles y sus guantes blancos, para proteger la salud de la república de la toxicidad de la derecha y la clerecía. 

Pues bien, la polémica sobre la virgencita de Satanás se fue desgranando mientras la masonería, como la izquierda en el asunto de la Reforma Energética, quedó suspendida en el sideral caraxo. Algo olía a podrido en Dinamarca.

Intrigado, me dirigí a uno de los masones viejos de Campeche y pregunté por el paradero de sus compañeros; su respuesta fue como una bala de goma poblana. Me contó que desde hace varios sexenios la masonería se convirtió en un apéndice del gobierno local y agencia de colocaciones para cargos de medio pelo en la burocracia. Ser masón, aquí, sólo es un requisito para vegetar sin sobresaltos con cargo al erario. Nada más.

Me reveló que sí, en efecto, los masones debieron repudiar el caso de la Stella Maris porque violó flagrantemente la Constitución, la herencia de don Benito, etcétera, y por el riesgo que implica borrar las fronteras entre los religioso y lo secular, pero por desgracia sus hermanos prefirieron mirar hacia otro lado por miedo a la obvia complicidad entre el gobernador del estado y el alcalde de Carmen en la instalación de la virgen. La realidad es que a Juárez y su estado laico se le defiende en lo abstracto, porque en lo concreto toda convicción política, simbólica o filosófica está supeditada a lo que ordenen desde el Cuarto Piso.

“En Campeche, la masonería es una payasada”, concluyó.

Resuelto el misterio, la preocupación que me carcomía se convirtió en risa. Famosos por hacer las cosas al revés, los campechanos hemos sumado una perla de antología a nuestro prestigio: entre liberales y heroicos patriotas el estado laico es defendido por un grupo religioso, los evangélicos, mientras los masones guardan un burocrático, solidario e infame silencio para no despertar la ira del Gran Arquitecto de sus quincenas.

El próximo 21 de marzo veremos a la masonería salir a la superficie, rete coqueta con sus mandilitos, sus guantes blancos y sus joyas de raeguetonero, para pontificar sobre Juarez y la Reforma y bla bla bla. Tendrá de su lado la indiferencia de algunos y la amnesia de otros, pero no la mía. Memorioso que soy, esperaré el momento en que inicien las fervorosas invocaciones al indito de Guelatao para recordarle la provocación del gobernador y Enrique Iván en el caso Stella Maris, y para después restregarle su cobardía entre compás, escuadra, ceja, oreja y madre.

Besitos.

Tantán.


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