La pobreza según Purux

Ya no quiero escribir más sobre el gobernador Fernando Ortega pero, caraxo, nomás no se deja. Día que no vomita alguna barbaridad es como un video de Daddy Yankee sin mulatas perreando. Ahora, durante un evento de entrega de apoyos a trabajadores del campo, nos recetó un análisis harto científico sobre la pobreza en el Estado que más o menos dice así: “Es pobre quien no trabaja”. (Aquí, el link: http://www.proceso.com.mx/?p=379599)

Ignoro qué metodología usó don Fernando para llegar a esa conclusión (por llamarla de algún modo), pero bastaba con que mirara hacia el otro lado del Cuarto Piso, ahí donde despacha su Secretario de Gobierno Roberto Sarmiento, para saber que su tesis (por de algún modo llamarla) es una lactancia. Me explico:

Todos los domingos de mi infancia transcurrieron en el pueblo de mi abuelo, Sihochac. Ahí conocí a Roberto que iba por la vida con las patas en el suelo y una costra de mocos y tierra alrededor de la boca, y habitaba una casa que alguien definió como “un cagadero de chivos”. 

Con el paso del tiempo fui testigo de los intentos de Roberto por ahuyentar la miseria. Trabajó la caña de azúcar, jodido; maíz, jodido; semilla de calabaza, jodido; borregos, jodido. Y cuando teníamos veintipocos años, en una de las muchas ocasiones en que inicié la fiesta en la disco de Champotón y terminé en Sihochac, me lo encontré en el momento en que mataba cochino: el animal colgaba de un árbol y Roberto recogía la sangre en una olla de peltre. “Es para la morcilla”, me dijo. Y no obstante su aventura como matarife, siguió jodido.

Con el gobierno de Salomón Azar se hizo tradición el peregrinaje de los políticos campechanos al pueblo de mi abuelo para someterse a sobredosis de pibipollos y alcohol. En una de esos festejos Roberto conoció a Fernando y, tenaz cual ladilla, ya no se le desprendió. Era un deleite ver a Fernando poniéndole al chupe con devoción y a Roberto atrás, como guardia presidencial, atento para llenar el vaso y acarrear botana.

En 1997 Antonio González Curi arribó al poder, envió a Fernando a Secud y éste incrustó ahí a Roberto, que todavía no era su mano derecha sino un colaborador del montón. En el 2000, Fernando partió rumbo al congreso local para ejercer como Presidente de la Gran Comisión pero dejó olvidado a su discípulo en la Secretaría de Educación. No fueron fáciles esos años para Roberto, que muchas veces tuvo que prestar dinero y vehículo para llevar a su hija a Mérida por urgencias médicas. 

Pero los años de las vacas anoréxicas terminaron cuando Fernando consiguió la alcaldía de Campeche. Por razones que no quiero comentar hubo un motín en el equipo íntimo del alcalde y súbitamente Roberto se convirtió en el hombre de confianza: “Mi Bobby”, decía Fernando que se siente John F. Kennedy; ahí comenzó el festival de dinero que continuó en el Senado de la República y tiene hoy su versión digital remasterizada en el gobierno estatal.

Roberto ahora posee muchas, muchas propiedades, más inversiones en otras partes del país y en Estados Unidos, decenas de vehículos de Transporte Público, constructora, etcétera. Sus negocios se multiplican con mayor rapidez que la que tienen mis dedos para nombrarlos. Basta decir, para ilustrar con precisión el tamaño del desfalco, que el “cagadero de chivos” de su infancia fue destruido por completo para edificar una mansión con su propia subestación eléctrica.

Por tanto, la tesis del gobernador acerca de la pobreza en Campeche y su relación directa con la hueva crónica de sus habitantes tiene en su sicario su refutación perfecta: Roberto, como muchos otros, trabajó para tener una mejor vida, pero las condiciones de atraso y miseria intrínsecamente relacionadas con el monopolio de la riqueza en manos de las familias PRIvilegiadas de otra época, lo mantuvieron jodido y sin remedio; pero Roberto, como muy pocos, tuvo la suerte de ingresar de la mano de Fernando a la PRImera línea de la política campechana, ahí donde un Juan Penas con maracas o unos hermanitos turquitos muertos de hambre, de un día para otro, pueden convertirse en multimillonarios, y siguió el ejemplo.

Y si la opulencia rodea hoy a Roberto, que no deja de ser un animalito, no quiero imaginar en qué situación se encuentra el dueño del circo solidario, Fernando Ortega. 

No todo el que trabaja puede dejar atrás la pobreza y eso es, en buena medida, responsabilidad del gobierno, porque el dinero que debería servir para propiciar el desarrollo de los campechanos ha sido saqueado, sin misericordia, por las plagas sexenales y trienales que cambian de nombre: Nueva Manera, Nueva Grandeza o Justicia Solidaria, pero no de mañas. Campeche cuelga de un árbol mientras ustedes, señor gobernador, recogen el dinero en ollas que no se llenan jamás.

Brevestialidad

Hace exactamente un año la diputada carmelita Adda Luz Ferrer declaró: “En Campeche es pobre el que quiere”, lactancia de calibre similar a la del gobernador. Con ella, los medios locales fueron despiadados y le ladraron durante varios días; pero ahora, con Fernando, han preferido el silencio. Ponerle bozal a la prensa es cuestión de dinero.
Nos vemos aquí el jueves.

Besitos.

Tantán.


Publicado en el diario Por Esto! Lunes 18 de agosto de 2014.

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