Un descubrimiento

Cuando todavía no era propiedad de Slim pero funcionaba exactamente igual, Telmex nos envió un técnico tres meses después de que reportamos 158 veces un extraño fallo en la línea: levantabas la bocina y escuchabas la digestión de una ballena blanca. El técnico llegó, en media hora tomó nuestros datos y en 5 minutos revisó el aparato. Su conclusión fue esta: “El problema es que viven cerca del mar”. La mirada de mi mamá me advirtió que estaba pensando en usar sus chancletas como armas de destrucción masiva, así que antes de que desencadenara el juicio final, intervine: “Inglaterra es una isla y no obstante los teléfonos funcionan sin problemas”. El técnico me miró, recogió papeles y dijo: “Ahorita regreso”. No regresó. Tal vez todavía anda confirmando si Inglaterra es en verdad una piedra en el agua. Durante varios meses seguimos escuchando por el auricular el festival gástrico de Moby Dick.
Recuerdo esa anécdota porque acabo de hacer un descubrimiento que sacudirá los cimientos de la ciencia moderna, pero primero debo ponerlos en onda.
Hace poco más de un año inauguraron la fase tres de la rehabilitación del malecón de mi pueblo. Cambiaron la cinta asfáltica, compusieron las banquetas y las adornaron con dos estatuas muy roñosas, dieron dos que tres brochazos con agua de horchata y ubicaron por donde dios les dio a entender unas extravagantes bancas ecológicas, es decir, unos afligidos troncos de madera que cobraron a precio de plutonio. Tres días después de la inauguración empezaron los hundimientos en el asfalto que pronto derivaron en numerosos, profundos, coléricos cráteres, y hubo que rellenarlos. Al día de hoy han tenido que aplicar en cinco ocasiones esas medidas de salvamento.
En días recientes le preguntaron al Secretario de Obras Públicas, Jorge Luis González Curi, mejor conocido como el “arqui”, por qué no reparaban definitivamente el problema del malecón champotonero, apenas rehabilitado y ya con problemas de vejez prematura. “Ese malecón nunca va a quedar bien porque existe demasiado tráfico de camiones pesados y no hay asfalto que soporte”, respondió; después, pestañeó con oficio.
Cierto, camiones pesados transitan en cantidades fluviales aquí… y en todos lados, pero en ningún otro lugar he visto fosos tan salvajes como los que aparecen con terquedad de Testigos de Jehová en el malecón de mi pueblo.
Puede que haya una respuesta para el fenómeno invocado por el “arqui”: los camiones pesados obedecen selectivamente a la fuerza de gravedad terrestre, es decir, pueden levitar y así lo hacen en las carreteras del resto del mundo, pero cuando pasan por Champotón se dejan caer con crueldad para destrozar la obra de González Curi, quizá envidiosos de la sensualidad de sus pestañeos. Como no quedé convencido, intentaré otra explicación.
Tal vez la tragedia de mi malecón, y la que vive todo Campeche porque no hay calle que no esté intoxicada de viruela, es consecuencia de la llegada al gobierno estatal de Antonio González Curi en 1997 y la consiguiente intervención de su hermano el “arqui” en toda construcción de obra pública, monopolio que mantiene hasta el día de hoy.
El “arqui”, junto a otros tres o cuatro empresarios del ramo, se lo reparten todo y construyen con los peores materiales, entre ellos un caldo de frijol radioactivo diseñado para autodestruirse tres segundos después de la inauguración, y entregan la obra a sabiendas que las supervisiones están arregladas y las autoridades municipales o estatales aceptarán cualquier porquería porque tanto el gobernador como alcaldes están metidos en el negocio.
Días después, cuando aparece el sarpullido vial, viene la otra parte del fraude, porque son los mismos empresarios los encargados de rehabilitar la desgracia que construyeron, pero la cobran aparte porque la obra ya fue supervisada y entregada conforme a la ley. En realidad el robo no deslumbra por su complejidad sino todo lo contrario, y si ha resultado viable durante casi veinte años es porque los campechanos son maestros en la ciencia de tragar dirigibles.
Ahora bien, el “arqui” no podía decir la verdad sobre Champotón porque hubiera revelado que tras el refinamiento que presume se esconde un delincuente del fuero común, por eso prefirió convertirse en técnico de Telmex y contarnos la historia de los camiones pesados, tal vez cargados de ballenas blancas, que se ensañan con mi pueblo dejándose caer con todo su peso, como si jugaran “Saca la tá”. De ahí el descubrimiento que anuncié y que cambiará la ciencia para siempre: “Los disparates no se crean ni se destruyen, sólo se transforman”. Tiembla, Stephen Hawking.
Besitos.
Tantán.
Publicado en el diario Por Esto! El jueves 28 de agosto.



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