Alito y el antidoping

Rosiñol pide examen antidoping a los candidatos, Alito lo rehuye. Raro. Raro porque si algo distingue a Moreno Cárdenas es su olfato para aprovechar las oportunidades que se le presentan y esta era fabulosa, pero inexplicablemente la dejó pasar. 

Es simple: las contiendas electorales son guerras sangrientas en las que, entre otras cosas, la artillería debe dirigirse hacia los puntos frágiles del enemigo; pero Rosiñol ingresó en este conflicto maniatado con una camisa de fuerza. No puede acusar a Alito por su relación con Amado Yáñez porque él también gozó de la amistad, dinero y avión del dueño de Oceanografía. Tampoco puede culparlo de haber votado las reformas de Peña Nieto que tienen postrado al país, porque él votó a favor buena parte de ellas.

Recurrir a la toma de Rectoría de Alito en sus épocas de porro, por órdenes del tristemente célebre Antonio González Curi, sería otra pérdida de tiempo para Rosiñol. La memoria bulímica de los campechanos ya hizo su trabajo. A estas alturas del cuplé, los liberales y heroicos burócratas no saben si aquello fue una aberración o un hecho heroico, ni si fue Alito o Justo Sierra quien lo perpetró. O al menos eso simulan.   

Y ya no hablemos del recurso barato de acudir al cinismo y señalar actos de corrupción de Peña Nieto y Fernando Ortega, o la ineptitud de ambos en su desempeño como gobernantes, o la inacabable vergüenza que causan los alcaldes priistas en el Estado, porque esas imputaciones son fáciles de desarticular. Fox y Calderón resultaron una adaptación baja en calorías de los dinosaurios tricolores, y Rosiñol, como alcalde de Carmen, tuvo sus amores con la corrupción y la ineptitud institucionales. Acabaría destrozado.

Así las cosas, la única banderita que le quedaba al Rojo Rosiñol era el examen antidoping, forma nada sutil de insinuar que Alito le pega sus llegues al sargazo adulterado y al talco colombiano. Pero bastaba con que el candidato priista aceptara el reto y se hiciera la prueba para desbaratar la pobre ofensiva del panista, y ya. Quien nada se mete, nada teme.

Pero no. Por extraño que parezca, Alito dejó ir esta enorme ocasión de hundir a su adversario, reacción que va en contra de su biografía, argumentando que los campechanos quieren propuestas y no pruebas antidoping, hipótesis bastante discutible. 

Si de propuestas se trata, las de Alito y demás candidatos son un compendio de lactancias ya muy sobadas. Por ejemplo, la industrialización de Campeche la hizo famosa Jorge Carlos Hurtado Valdez y hasta la fecha lo único industrial que vemos es el saqueo de las arcas públicas. Pero el antidoping es otro asunto y ahí Rosiñol acertó en su petición, porque  el intento de Alito de huir por piernas del desafío da mucho qué pensar. Digo, si el gobierno solidario nos ha enseñado lo que sucede cuando se toman desiciones con varios hectolitros de marrapache de importación en el torrente sanguíneo, imagínense lo que nos espera con un gobernante que acostumbra ponerse saraguato.

No, el antidoping ya no debería tratarse de una estrategia de campaña de Rosiñol sino de una exigencia popular: que Alito se haga la prueba para saber si la industrialización de la entidad será cosa de elefantes rosados. Y nada de salirse por la tangente escudándose en sus propuestas y otros argumentos igualmente absurdos, porque en ese sentido tanto él  como los demás bien pueden quedarse callados o resucitar las de cualquier candidato de los años setenta, son las mismas y ninguna de ellas va a cumplirse.

Besitos. 

Tantán.   


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