El antidoping y sus comediantes (featuring Rosiñol, Alito y Layda)

Cualquiera sabe que cuatro días después de haber sido consumida, la cocaína es indetectable en una prueba de orina. Cualquiera sabe que sólo a través del examen del cabello se logran resultados toxicológicos precisos. Todos esperábamos que Rosiñol, el primero en lanzar la piedra antidoping, tuviera contemplado lo anterior y preparado el escenario para continuar la demolición de Alito. Al menos así lo haría un candidato inteligente y respaldado por un buen equipo, porque en una campaña que se respete la acusación contra un adversario siempre tiene red de protección, es decir, respuestas preparadas dependiendo de lo que haga, diga o deje de hacer el inculpado.

Además Alito, que no es muy brillante, la puso fácil porque hizo lo que todos sabíamos que haría: esperó el tiempo necesario y fue a dos laboratorios para que examinaran su agüita amarilla, que resultó inmaculada como la de la laguna de Chuiná, y luego montó un espectáculo mediático para dar por concluido el capítulo de sus adicciones. Ahí debió haberlo esperado Rosiñol para destrozarlo por la farsa de la prueba de orina y para exigirle la otra, la del cabello, contra la que no existe ruta de escape. 

Pero Rosiñol es una broma. Puso a girar a la opinión pública y al candidato del PRI con el tema del dopaje y luego se fue tranquilamente al carajo. Justo cuando podría haber resucitado su campaña prefirió el suicidio político y se esfumó, y al esfumarse dejó el tablado listo para Layda quien, fiel a su costumbre, convirtió el asunto en una canción de la D´Alessio en espera de que trabaje la desmemoria campechana, cuya velocidad es relampagueante.

Pongamos las cosas en su justa dimensión. Si unos futbolistas, cuya labor es el trámite inútil de patear un balón, fueron castigados por dar positivo por Clembuterol, un anabólico para vacas, con más razón deberíamos exigir que los candidatos estén libres de talco colombiano y otras sustancias prohibidas, porque en alguno de ellos recaerá la responsabilidad de gobernar a todo un pueblo. 

Pero nuestros políticos son unos comediantes patéticos que cambiaron el drama por un chiste de la barra cómica de Televisa, con todo y que el gran problema nacional es la seguridad pública torpedeada por la corrupción y el narco. En Campeche, elegir a un gobernador drogadicto sería el boleto de entrada al infierno que es habitual en otras partes del país, pero por desgracia parece que a pocos les importa. Sigamos haciéndonos pendejos, liberales y heroicos burócratas, y cuando estemos como Guerrero, Michoacán o Tamaulipas lamentaremos no poder regresar a este momento en que todavía es posible cambiar el rumbo de nuestra historia.

Besitos.

Tantán.

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