Crónicas Carcelarias. Cincuenta días encarcelado.

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Ahí tienen ustedes el caso del violador improbable. Según el expediente ministerial, se acercó a su víctima por detrás, con la mano izquierda le tapó la boca e inmovilizó y con la mano derecha la desvistió y violó por todos lados. La versión oficial está perfectamente sustentada salvo por un detalle: el degenerado sexual no tiene el brazo derecho.

En Campeche cualquiera puede ser acusado de cualquier cosa. El contubernio entre fiscalía y jueces da lugar al surrealismo en su estado más burdo o a simples venganzas políticas como en mi situación, donde un gobernador que teme patológicamente a la crítica ha usado el aparato de justicia para intentar silenciarme, y para ello el ministerio público y el sicariato con toga trabajaron mañosamente una carpeta que no resiste una revisión jurídica seria, pero que desde hace cincuenta días me quitó la libertad.

Como en el episodio del violador, los ultrajes de la degenerada delincuencia burocrática se dan por todos lados.

Para redondear este drama sobre la justicia bananera, tres semanas después de mi captura, cuando reinicié mis publicaciones con el penal como ruido de fondo, me enviaron a un elemento de la guardia penitenciaria a amenazarme. Me condenó a muerte y sentenció también a mi esposa e hijos, me fotografió desnudo para hacer mas sólida la humillación y finalizó con una advertencia: “deja de escribir pen-de-ja-das”. Rupestre, sin la necesidad que tienen acusadores y jueces de la faramalla legaloide para ejecutar las aberraciones del gobernador, el policía fue a la raíz del asunto: mis textos.

Ese día, 4 de abril, denuncié aquí el capítulo de las amenazas y acudí al departamento jurídico del CERESO a solicitar la presencia de personal de la fiscalía para interponer mi denuncia. Nadie vino. Después recibí la visita de las Comisiones Estatal y Nacional de Derechos Humanos, que emitieron sus recomendaciones a todas las entidades gubernamentales involucradas y nada pasó. Luego, a petición mía, mi abogado ingresó la demanda en el ministerio público el día 17 de abril. Hasta el momento nadie se ha apersonado para ratificarla.

Pero en cuanto a las acusaciones que me hicieron y la integración del expediente, la fiscalía actuó con sorprendente velocidad, y para “levantarme” el fiscal carnal desplegó un coche, dos camionetas y catorce elementos, justo lo necesario para evitar que me resistiera cuando iba acompañado de mi esposa, y mi hijo de tres años cuya peligrosidad radica en su conocimiento de las canciones de Dora la Exploradora.

Ahí tienen los elementos que desnudan el abuso de poder, el límite de la libertad de expresión y el peligro en que me encuentro. Los elementos que definen lo que otros han sufrido, lo que sufro ahora y la ayuda que necesito de la sociedad a la que sirvo. Voy al pase de lista y regreso.

He seguido la tragedia de los estudiantes de cine que el narco, por una penosa confusión, disolvió en ácido según la versión oficial. Luego vi el espectáculo de la indignación tardía y el puño en alto. Estoy perdido, me pensé. Entendí cincuenta días después que mi cautiverio no tiene importancia en el México que sólo percibe el horror cuando ya está consumado, y lo olvida segundos después para que el espanto sea siempre nuevo. Sin antecedentes no hay complicidad. Supe que será hasta que mi Caligula estatal desmaye el pulgar cuando vendrán las alertas, alguna proclama y el puño en alto que confirma nuestra obsesión por lo póstumo y lo distante que estamos de la elemental, urgente, tal vez humana defensa de los que vamos camino a la ejecución.

Besitos a secas.

Tantán.

 

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