Acción de gracias

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Les prometí que lo primero era la acción de gracias y aquí está. Pensé mucho la forma que le daría a este texto porque, por elemental justicia, el agradecimiento debería ser simultáneo pero la escritura me obliga a lo sucesivo. Por fin, de la mano de Mily, decidí que lo mejor era honrarlos por orden de aparición.

En la cárcel me esperaban al mediodía del 8 de marzo. Es decir, los 14 elementos que envió el fiscal Juan Manuel Herrera tenían programado capturarme cuando llevara a mi hijo a la guardería, a eso de las 8 de la mañana. Por alguna razón no cumplieron su propósito sino hasta las 3 de la tarde, cuando se me fueron encima en el estacionamiento de Super Che y sobrevino el drama. Si después de eso Bestiómetro no se calló, ni cayó, fue gracias…

A la gente que presenció la captura, grabó y avisó a mis primos Tavo y Denise, que arribaron de inmediato y desde ese momento se hicieron cargo de Abel y de facilitarle a Mily el trabajo de rescatarme del rapto institucional.
A Sol y El Negro, como siempre, y a Aranza que va por el mismo camino.
A los aliados de Facebook que compartieron el video de una mujer desesperada que no sabía si su esposo había sido secuestrado o, peor, apresado por la justicia de Alito.
A la química Oviedo, que le habló al fiscal y confirmó que la culpa era del brazo justiciero de Calígula Moreno.
A Rosita Santana, Raúl Sales, Ronny Aguilar, Barón González, mi primo Gabriel Arnábar, que fueron hasta la Fiscalía y no se movieron de ahí en tanto me tuvieron encerrado, y que después, cada quien por su lado, siguieron apoyándome a pesar de las amenazas y bajezas que acostumbran los idiotas.
A mi abogada de lo Familiar, que fue nuestro Pepe Grillo en todo el proceso.
A mi abogado y amigo Cruz Alfaro, a sus hijos, a Daniela y al resto del elenco del despacho por la solidaridad y las asesorías.
A Pepe, cuyo sentido de la lealtad es, en verdad, admirable.
A Marcela Turati, que nos abrió las puertas.
A Erick Monterrosas y Sandra Patargos de Artículo 19, primera ONG que emitió alertas sobre mi arresto.
A Gisela Salazar, por la petición de libertad en Chance.org.
A Gaby Gutiérrez, sólida y libre.
A los muy pocos medios de comunicación y colegas que entendieron que la defensa de un compañero es clave para la sobrevivencia colectiva: Página 66, Página Abierta, Pedro Canché Noticias, Por Esto, Proceso, Web Campeche, La Barra y Daniel Sánchez, Manuel Ramos, Vero Lozada, Jorge Cach, Pancho Jaimes, Nestor Marrón, Abraham Goroztieta, Joaquín Vargas. A los demás, su silencio los define.
A Jorge Ruiz y Luis Jaramillo, del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas de la Secretaría de Gobernación, que contestaron todas las llamadas de mi esposa.
A Jan Albert Hootsen, del Código de Defensa para Periodistas (CPJ), a Magaly Tercero de PEN México, y a Lucina Kathmann y Robert Broughton de PEN San Miguel de Allende, por el seguimiento puntual y la presión que ejercieron ante el gobernador en favor de mi integridad y derechos.
A Paty Rodríguez, por sus intenciones de llevar mi caso al Congreso Internacional de Tortura.
A la Comisión Estatal de Derechos Humanos, en especial al licenciado Gerardo Mex y a Selina: se lucieron y lo siguen haciendo.
A la maestra Nicte-Ha Silva y a Pánfilo Estrella del Frente por la Familia.
A Víctor Sánchez, visitador de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que llegó a las siete de la mañana el 5 de abril, un día después de la intromisión en mi celda del guardia penitenciario que me amenazó de muerte y cambió el rumbo de los acontecimientos.
A la familia que se portó como tal: mi primo Carlos Villarino, los Manzano Arnábar, los Murillo Villarino, las tías Layda, Marianela, Elia, Zoila, Judith, Lulú.
A Charly, el gerente de las noches de fiesta, el amigo de las malas tardes en la cárcel; y al Cholo, por sus cuidados.
A Domitila Cosgalla, que estuvo aquí, con mi madre y mi tía Vilma, sufriendo lo que ellas.
A Ángela, que rezó cuanto pudo.
A mi suegra, sus hermanas y vecinos, que cuidaron a Abelito mientras Mily movía cielo, mar y tierra.
A Piedad Arjona y sus hermanas, que despedazaron infames en nombre de Isla… y mío.
A Isla, mi hija, que lloró sólo un día y se fajó todos los demás.
A Ocho Cilantros, que envió de contrabando una cherna en su jugo como dios manda.
A todos los amigos y lectores que estuvieron pendientes, que compartieron publicaciones, que se manifestaron contra el abuso del Supremo Idiota, que contestaron calumnias, que trataron de visitarme pero se estrellaron con el arrecife burocrático del penal, que ofrecieron misas y novenas, que fueron a mi casa y acompañaron a mis mayores, que proporcionaban información, que en tiempo de cobardes demostraron el temple.
A mi otra parte, Sihochac, donde también mentaron madres por mi detención.
A Periodistas Desplazados, Omar Bello Pineda y Gildo Garza, cuya llegada al caso fue determinante.
A los amigos que confirmé o que inauguré en la cárcel, cuyos nombres omito para no afectarlos.
Y en especial a mi abogado Edwin Trejo Gutiérrez, que tomó mi caso cuando nadie más quiso hacerlo porque implicaba enfrentarse al gobernador; que me habló con claridad y honestidad, virtudes en vías de extinción entre las aves carroñeras que abundan en el mundo jurídico campechano, y con el que sigo enfrentando a esos jueces a quienes el sometimiento al poder se les ha hecho costumbre y, teniendo el sagrado deber de impartir justicia, han preferido convertirse en un sicariato con toga.
A quienes haya olvidado involuntariamente en este recuento.
Y por último a Alito Moreno, cuya reacción desproporcionada en mi contra es la medida exacta del ardor que le causo y que, justo cuando estaba a punto de abandonar Bestiómetro decepcionado ante la docilidad campechana, me demostró con su torpeza que tiene importancia lo que hago, que el periodismo no debe ser un pasatiempo sino el oficio que dé sentido a mi vida.

A todos ustedes, todas las gracias.

Besitos.

Tantán.

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