Caliguladas I: Jornada trágica

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Bunker electoral instalado en el Centro de Convenciones. Conforme llega la información, Alito va entendiendo que el repudio del pueblo campechano contra el PRI, contra Peña Nieto, contra él, es de proporciones fluviales y se le congestiona de ira el megadrenaje; entonces empuña el teléfono. El primer golpe lo acomoda bajo el pómulo derecho de Tito Castillo cuarteándole la capa de maquillaje resistente al agua pero no a las agresiones de una bestia colérica. Los demás los distribuye democráticamente por la humanidad del presidente del PRI mientras lo acusa de haberlo engañado asegurándole que el fraude estaba planeado de forma tan precisa que no había ninguna probabilidad de derrota. El Supremo Idiota demuele a su amigo y protegido durante varios segundos, con una furia incandescente que parecía alimentada por tequila Casa Dragones, ese brebaje que Eruviel Ávila le hizo tragar en una fiesta en Toluca y lo puso tan frenético que protagonizó un capítulo de violencia intrafamiliar con el goberladrón de Chiapas, Manuel Velasco. Tito hubiera quedado semidestruido, como bazar artesanal, de no ser porque el sobrino Christian abrazó al tío para detener la masacre. Fue un acto heroico que por poco le cuesta la vida, porque Alito estaba tan enajenado que no fue capaz de olfatear al orgullo de su nepotismo y le propinó un empujón que lo envió varios metros hacia atrás. Christian cayó sobre una mesa de cristal que se pulverizó y esa fue la señal de alarma definitiva. Gritos, carreras, la voz sensata de alguien pidiendo un médico de muchísima confianza y, por fin, las dos intravenosas que ingresaron al Supremo en un sueño donde corría siempre y saltaba sobre precipicios, sobre cocodrilos, sobre muros absurdos para alcanzar monedas o se deslizaba vertiginosamente en toboganes de hielo. En el espejo de agua pudo verse: vestía overol azul, gorra roja y portaba un bigote denso de actor porno setentero. “Estoy convencido de que somos el Nintendo más seguro del país”, pensó. Después, corriendo siempre, divisó una construcción fabulosa que parecía la maqueta del nuevo recinto legislativo que costó un millón de pesos, pero en realidad era un palacio de cuento infantil en cuya entrada había una princesa vestida de verde. “¡Guero, mi guero!”, gritó y aceleró el paso, y al acercarse supo que no era Manuel Velasco el que lo esperaba sino Rocío Abreu que, al tenerlo cerca, le hizo la señal universal de ¡jó-de-te!, es decir, le mostró el dedo medio de la mano derecha mientras su vestido cambiaba dramáticamente de color: del verde ecologista al rojo guinda de Morena.

Besitos que se leen The End.

Tantán.

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