Caliguladas II: Ejemplo fallido

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Terminada la reunión del 12 de julio entre Conago y AMLO, Manuel Velasco hizo el favor de acercar a Alito con el presidente electo. Esta vez no hubo desplantes. El Supremo Idiota puso el hocico en reposo y enfrentó el martirio frotándose las manos y simulando una docilidad de perro ya muy sufrido, pero es difícil tragar a quien acusa de cosas tan graves como el asesinato de un hermano. Tal vez por eso el Peje le aplicó la cortesía mínima que impone el protocolo y lo despachó de inmediato.

De regreso a Campeche, Alito tomó un taxi que lo llevó poco más allá de la glorieta del aeropuerto, ahí pasó a la Lincoln blindada de costumbre para largarse seguido de las cuatro suburbans rebosantes de guaruras y armamento de guerra.

Días después reunió a su familia para ordenarles que se dejaran de groserías y excesos. La cosa viene mal, anunció. Les impuso un régimen de humildad y a los primos y sobrinos delegados les exigió que borraran los rastros de ilegalidad en las obras que entregaron sin licitación, transas armadas con el descuido de quienes se sentían amparados por el pariente que ahí, en esa reunión, se despojó del aura todopoderosa para quedar expuesto como el triste inventor del Saludo Campechano.

De golpe, los asistentes comprendieron que después del naufragio electoral no eran más que unos delincuentes del fuero común a punto de ser devorados por el huracán guinda.

Pero servir de ejemplo no es algo que se le dé al Supremo Idiota. Son tantos sus complejos y es tan frágil su autoestima que sigue siendo impermeable a las advertencias y recayendo en los excesos de un dictador tropical.

En los hospitales de Campeche no hay médicos ni medicinas, en algunos casos ni siquiera artículos de limpieza y, como consecuencia, se ha multiplicado el número de muertos. Pero los amigos de Alito no pasan penurias. ¿Tienes problemas en la espalda? Que te operen en el Hospital ABC de Santa Fe. ¿Persisten los males? Que te reconfiguren en la Clínica Campeche. Más de un millón de pesos de nuestros impuestos a disposición del Supremo Cuate para que no sufra como la perrada en las instituciones de Salud locales.

No se detiene ahí la mala digestión de poder y riqueza de Alito. Tiene en nómina a una enfermera y un veterinario que, las 24 horas de los 365 días del año, cuidan de sus perros, en especial de un Terrier Jack Russell recién adquirido al que el Supremo adora y con el que se desahoga de la ingratitud de sus gobernados. No entiende y, como veo las cosas, no entenderá en los días que le restan en el gobierno. Estamos en manos de un inconsciente para quien los enfermos campechanos tienen menos importancia que sus perros.

Besitos.

Tantán.

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