Como todos saben, el martes pasado le crecieron los enanos a doña Layda Sansores. En sesión reteordinaria, el líder del congreso, Antonio Jimenez, y los diputados leales a Pablo Gutiérrez Lazarus (y este dato apesta), dijeron que no al endeudamiento de mil millones de pesos que incluye el paquete presupuestal del próximo año.
Según Toño, no es no porque primero los pobres y mi unicornio azul ayer se me endeudó y bla bla bla.
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Los mil millones de deuda que pretende el gobierno del estado son resultado de una cadenita trágica que inicia mero arriba. Va el recuento:
AMLO dejó dos billones de deuda pública y varios miles de millones de dólares en préstamos a instituciones de crédito internacionales; Claudia, por tanto, recibió unas finanzas enfermas a las que está saneando con impuestos más caros, nuevos impuestos y recortes brutales.
Esos recortes afectan a las entidades federativas, así que Campeche recibirá dos mil millones de pesos menos el próximo año. La banderilla ya está puesta.
Por estas razones que, me dicen, le fueron explicadas detalladamente a Toño Jiménez por el secretario de Finanzas, es necesario el endeudamiento.
Pero Toño, inmune a los destrozos económicos generados por la 4T a la que pertenece, insistió en su negativa cobijado, repito, por diputados leales a Lazarus.
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Ahora bien, según la lógica del poder, este desacato de Antonio Jiménez merece su cese inmediato como líder del congreso y, but of course, una enérgica lectura de cartilla a los disputados disidentes y a su titiritero carmelita. Pero justo aquí llegamos, Sancho, a una zona árida, porque es en la operación política donde ha fallado miserablemente este gobierno. Si todo depende de eso, no hay gran cosa que esperar.
Y, dicho sea de paso, no sólo en la operación política hay problemas, también los hay en el orden interno. Ante el evidente vacío de poder, el aparato público se ha desgajado, cada quien jala por su lado, y tratándose de la sucesión, la fractura es enorme:
Una parte de los funcionarios del jaguar brinca en el petate de Pablo Gutiérrez Lazarus; la otra mitad se ha acomodado con Liz Hernández, pupila de doña Layda, pero con un margen de acción limitadísimo porque la gobernadora no ha querido, o podido, darle a Hernández la licencia para dirigir este zepelín y aplacar rebeldías.
Llegamos aquí al final del drama. El público espera un escarmiento a Pablo, Toño y los legisladores insurrectos. Tiene que ser así porque teóricamente, en la medición de fuerzas entre los dos hemisferios, debe imponerse aquel en el que juega la gobernadora.
Tiene que ser así porque la lógica del poder no admite rebeliones.
Tiene que ser así porque aquel que teniendo el poder se niega a ejercerlo, por un proceso fatal de reversión, el poder lo destruye.
De doña Layda depende aclarar a los campechanos si es cierto que el martes pasado, en sesión reteordinaria, le crecieron los enanos y se le fue de las manos el control del final de su mandato, o los legisladores sólo se pararon de puntitas para parecer más altos.
Besitos circenses.
Tantán.
Post scriptum: Pablo salió ayer por la noche a deslindarse de lo hecho por Toño y sus legisladores. Salió tarde y salió mal Pablito porque, como decían antes: excusas no pedidas, culpabilidad manifiesta.
Soy aborigen champotonero, licenciado en Ciencias Ocultas y Administración Púbica, adicto a los Pumas de la UNAM y a las tortas de cochinita de Sacha, feliz de haber pasado media vida en reventones, orgías y actividades similares y afligido por haber desperdiciado miserablemente la otra mitad, y dedicado al periodismo para cumplir fielmente la profecía de mi abuelo Buenaventura Villarino, hombre sabio y de fortuna, que más o menos decía así: “Estudia mucho, hijo, o acabarás de periodista”. Besitos. Tantán.
