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Adiós, papá

Mi papá se sintió mal a las siete y media de la noche del 19 de enero, mientras leía el periódico en su sofá después de haber cenado y de fumarse el cigarro nuestro de cada día. Dijo que tenía revuelto el estómago y pidió un vaso de agua mineral con limón; segundos después vomitó y perdió la conciencia para no recuperarla jamás. El doctor Navarro llegó de inmediato y le bastó una mirada para determinar la magnitud del infarto. Lo llevamos al hospital. Pocos minutos después de haberlo ingresado a Urgencias, Soruyo salió para decirme que lo habían estabilizado pero era apremiante trasladarlo a Campeche, y me sugirió ir al IMSS por la ambulancia.

En el IMSS encontré a un tipo de rostro perfectamente olvidable que dio instrucciones: traiga al paciente para que el médico haga el papeleo. Le contesté que mi papá estaba muy mal y no había tiempo para eso. Pues de otra forma no se puede, me dijo, tiene que venir, hacer el trámite y sólo entonces saldría la ambulancia de Campeche hacía aquí para recogerlo. Con la burocracia topamos, Sancho.

Desde el IMSS le marqué a Milly, mi mujer, que se había quedado en el hospital acompañando a mi madre, y ella se comunicó con María Jesús Arceo, su amiga, para preguntarle sobre alguna otra opción de traslado, posiblemente la Cruz Roja. Mientras tanto fui a mi casa a buscar lo indispensable para acompañar a mi papá a Campeche, pero apenas estaba bajándome de la camioneta cuando Milly me habló porque la situación había pasado de la gravedad al abismo.

Llegué junto con la ambulancia de la Cruz Roja. Soruyo me esperaba en la escarpa. Permanecí afuera unos instantes tratando de armar el rompecabezas o, mejor dicho, de maniatar al tartamudo infame que emerge cuando me toca la desgracia, y luego entré a la sala de Urgencias para contarle a mi mamá la historia reciente de una viuda y un huérfano.

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A las ocho y treinta y cuatro minutos del 19 de enero murió mi padre. Tenía 81 años. Una semana antes, cuando regresábamos a la casa después de la visita al peluquero, me dijo que ya no estaba entendiendo lo que sucedía, que ya no toleraba a tanto mentecato, que le asfixiaba la ausencia de su hija, que quería morirse ya, ahorita, de un “chingadazo”. Se le cumplió. Falleció con la misma voluntad y rapidez con la que trabajó toda su vida. No le alegró la noche a los burócratas del IMSS y sus papeleos de mierda y ahí también se salió con la suya: odiaba a esos engendros.

No creo en dioses ni en territorios celestiales, pero muchos insisten en que mi papá habita ahora un lugar mejor, con ángeles y querubines, y me embalsaman con resignación. Tal vez sea cierto. Tal vez ahí se despojará de la tristeza que empezó a cubrirlo hace quince años, cuando lo abandonaron en desgarradora seguidilla mi abuela Rosa y sus hermanos Orlando y Felo; que se hizo más grande una mañana de 2011 cuando un infarto masivo aniquiló a mi tío Fernando en una calle desolada de Sihochac; y que lo envolvió por completo el 28 de junio de 2012 cuando mi hermanita, con la misma voluntad y la misma rapidez, decidió que debía dejarnos.

Fue entonces que mi padre se recluyó en algún lugar de sí mismo, en una bóveda a prueba de ruidos. Olvidaba rasurarse, ya no se bañaba tres veces al día ni le importaban los trapos que lo arropaban. Devastado, vio cómo los vestigios de su mundo iban desapareciendo: sus primos Chato y Paco, su hermano Carlos. Los vecinos de la plaza de su pueblo. Pero a esas alturas ya no podía sufrir más, ya no había fondo que tocar; como las tardes de un poema de Borges, las muertes a las muertes eran iguales y rebotaba de una a otra impasible y con los ojos desérticos.

El silencio perteneció a mi padre. Fue así como nos quisimos, callados y distantes, porque las palabras herían. En sus últimos años, hervido y vuelto a hervir por la mortificación, su silencio se hizo más espeso; con él a cuestas iba al cementerio a sentarse junto a su hija y arrancaba la yerba que crece alrededor de su tumba. Silencio inerte de recesos breves y horario fijo: los viernes para preguntarme a qué hora iría por Miguelito, o para decirle “chavito” a Abel mientras le acariciaba el cabello. Sus nietos. Los únicos que lograban transformar el angustioso sobrevivir de su abuelo en algo parecido a vivir.

Mi papá ya pertenece al silencio. En el sofá, su recinto, sólo quedan las honduras que dejó su cuerpo y en el suelo no hay periódicos. Siento alivio por él, que ya no quería retazos de vida, que quería muerte como muerta estaba la hija que amó y muerto el mundo que conoció. Desde los años de infancia y miseria en Sihochac, mi padre supo que no había más horizonte que el trabajo. Principio y fin se tocaron. Su descanso se lo ganó a pulso.

Adiós, papá.

Besitos.

Tantán.

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Soy aborigen champotonero, licenciado en Ciencias Ocultas y Administración Púbica, adicto a los Pumas de la UNAM y a las tortas de cochinita de Sacha, feliz de haber pasado media vida en reventones, orgías y actividades similares y afligido por haber desperdiciado miserablemente la otra mitad, y dedicado al periodismo para cumplir fielmente la profecía de mi abuelo Buenaventura Villarino, hombre sabio y de fortuna, que más o menos decía así: “Estudia mucho, hijo, o acabarás de periodista”. Besitos. Tantán.

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