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Gráficas como lápidas

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Fueron cuatro las puñaladas que los asaltantes le asestaron a José Azcary: dos en las costillas, una en el abdomen y otra en la pierna que perforó la arteria femoral y causó la hemorragia que lo mataría minutos después, en la madrugada del ocho de octubre. Dentro del taxi sus pertenencias estaban intactas porque burló el robo, pero a cambio se desangró hasta perder el sentido e incrustarse, agónico, en la malla del mercado de Ciudad Concordia en San Francisco de Campeche, la ciudad más segura de México.
Alguien del FUTV me dijo que José Azcary “se apendexó”. Los asaltos son cosa diaria, cuenta, pero si dejas que te roben salvas la vida. Apendexar, aquí, significa morir a manos de delincuentes inmunes a estadísticas, selfies y otras estrategias de Seguridad Pública.
La criminalidad en Campeche ha crecido desproporcionadamente como consecuencia de la cínica indiferencia policiaca. Narcomenudeo impune, fraccionamientos aterrorizados por pandillas (recuerden a Kevin). Vandalismo, violaciones. En ciertas zonas caminar por la noche es deporte extremo; en otras, la sacrosanta paz del hogar ha sido quebrada una, dos y hasta tres veces.
Nadie está seguro ya salvo en los discursos de Moreno Cárdenas o en la montaña mágica que habita, sembrada de cámaras, guaruras y francotiradores. El miedo no anda en porro. Pero los taxistas no transitan por discursos triunfalistas sino en las calles de una entidad donde “los asaltos son cosa diaria”. Son las víctimas preferidas pero no tienen autos blindados ni mandriles asesinos que los protejan.
Regreso a José Azcary. Como es tradición, ese mismo sábado el secretario de Seguridad Pública, Jorge Argáez, respondió al asesinato con una gráfica sobre la mejoría de la percepción de seguridad en Campeche. Es decir, la muerte del taxista fue una excepción que no incide en las estadísticas, un caso aislado en un estado donde reina una paz sepulcral.
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La respuesta en caliente de Argáez comprueba que tiene la sensibilidad de un reptil burocrático, y el contenido de la publicación es, por decir lo menos, una estupidez. La ficción de la entidad pacífica hace tiempo que se desmoronó y, por tanto, las estadísticas felices son como tortas y jugos para acarreados al mitin de la muerte: mientras le apuñalan, señor taxista, tráguese estas gráficas y aprenda que gracias al trabajo comprometido del gobernador, el chorro espeso y tibio que le corre por la entrepierna no se debe a una hemorragia provocada por una femoral destazada con un cuchillo de carnicero, sino a un orgasmo por el placer de vivir en la región más segura del planeta.
Con lo anterior queda claro que en lo que respecta a Argáez los taxistas no tienen apoyo alguno, y por el lado de su dirigencia, tampoco.
El antropoide que lidera el FUTV, José Luis Arjona, le dio la última puñalada trapera a su compañero de oficio al declarar que su muerte fue un “caso aislado”. Por supuesto, Arjona tuvo motivos para rematar a José Azcary encubriendo el fracaso del gobernador: su hijo, el exalcalde de Champotón, y él son parte de la banda Crecer en grande. Pero la cosa no es tan simple para sus agremiados: la calle es una ruleta rusa.
Lo anterior debe haberle enseñado a los taxistas que están solos y de rodillas ante una alternativa ridícula por un lado, siniestra por el otro:
Si protestan por la inseguridad Alito les quitaría su apoyo y Uber entraría en Campeche, y según la mentira oficial, Uber viene a “matarlos de hambre”; y si no protestan seguirán los asaltos y las muertes. Lo más probable es que los chafiretes permanezcan fieles al selfie aguardando el único desenlace posible: cuando los cacen como a José Azcary se ganarán, como él, una gráfica de Argáez en forma de lápida con la leyenda: Aquí yace un caso aislado.
Tal vez el FUTV pague los sepelios. Quién sabe.
Besitos.
Tantán.

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Soy aborigen champotonero, licenciado en Ciencias Ocultas y Administración Púbica, adicto a los Pumas de la UNAM y a las tortas de cochinita de Sacha, feliz de haber pasado media vida en reventones, orgías y actividades similares y afligido por haber desperdiciado miserablemente la otra mitad, y dedicado al periodismo para cumplir fielmente la profecía de mi abuelo Buenaventura Villarino, hombre sabio y de fortuna, que más o menos decía así: “Estudia mucho, hijo, o acabarás de periodista”. Besitos. Tantán.

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