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Microbuses: drama sin frenos

Veo un microbús a media calle subiendo y bajando pasaje, veo otro micro que pasa veloz y letal cual sobaco cumbanchero, todo esto en el crucero de La Ría, y veo también a un policía que se pasea por la acera, el que envían a celebrar el desastre vial frente al colegio de las monjas. Me acerco al de uniforme y le pregunto por qué no le pone un alto al atrevimiento homicida de los choferes. Me contesta que es peligroso para ellos (los polis) porque los dueños de los camiones son “jefes” (políticos) y no sólo no les hacen nada sino que a él lo “joden” (castigan). No menciona, por supuesto, que ellos también participan en el problema porque a cambio de migajas caen en trance místico frente a esas máquinas de matar y sus pilotos, pero ese es el rabito del monstruo.

Veo un microbús a media calle subiendo y bajando pasaje, veo otro micro que pasa veloz y letal cual sobaco cumbanchero, todo esto en el crucero de La Ría, y veo también a un policía que se pasea por la acera, el que envían a celebrar el desastre vial frente al colegio de las monjas. Me acerco al de uniforme y le pregunto por qué no le pone un alto al atrevimiento homicida de los choferes. Me contesta que es peligroso para ellos (los polis) porque los dueños de los camiones son “jefes” (políticos) y no sólo no les hacen nada sino que a él lo “joden” (castigan). No menciona, por supuesto, que ellos también participan en el problema porque a cambio de migajas caen en trance místico frente a esas máquinas de matar y sus pilotos, pero ese es el rabito del monstruo.

Lo anterior ocurrió hace algunos años, cuando gobernaba Jorge Carlos Hurtado y el actual gobernabuelo, Carlos Miguel Aysa, fingía como secretario de Seguridad Pública y desde ahí acotaba espacios para estacionar con la estrategia de pintar las banquetas de amarillo, y posteriormente organizaba la salvaje distribución de infracciones.

Tiempo atrás, hasta el gobierno del inge Jorge Salomón, sólo el TUM prestaba el servicio de transporte público en unas ballenas roncas, que expelían chapopote por el trasero y diseminaban democráticamente el tétanos. Entonces el ingeniero decidió abrir ese rubro a la iniciativa privada para que la competencia mejorara el servicio y el TUM dejara de ser la única y deplorable opción. La idea era buena pero la ejecución falló por los motivos habituales.

El nuevo negocio fue monopolizado por políticos y un amplio abanico de prestanombres, y las unidades financiadas con dinero público. Una maravilla. Sin aportar un peso los dueños de las empresas transportistas se han embolsado sexenio tras sexenio todo: pasajes, subsidios, créditos, etcétera. Y además disfrutan de absoluta impunidad porque quién detiene a un micro decrépito e inservible piloteado por un energúmeno atascado como springbreaker, o amable como taxista, o con las dos gracias compartiendo la misma anatomía, que se pasea a velocidad de rally por unas calles angostas como criterio de burócrata, cuando la unidad y su conductor pertenecen a un secretario estatal amigo de secretario de Seguridad Pública y ambos cómplices del goberladrón en turno.

Desde su nacimiento esta privatización ya estaba podrida, y los años han fortalecido esa condición que se ha extendido a los taxis y las combis, propiedad en la mayoría de los casos de la camada de políticos que encontró nuevas rutas para ramificar el negocio pero siempre con los mismos vicios.

Mención aparte merecen los usuarios, que miran impasibles como los ponen en riesgo de muerte y no son capaces ni de emitir un quejido.

Se han promulgado una o dos leyes del Transporte Público desde los tiempos de Salomón Azar, me parece. En ellas se especifica que no deben transitar los vehículos que usted y yo vemos a diario por todas las calles de la aldea. Saquen sus conclusiones.

Como suele suceder, hoy los empresarios transportistas amagan con paralizar la ciudad si el gobierno no les permite incrementar el costo del pasaje, o les aprueba un subsidio que los mantenga a flote, dicen. Y el gobierno simula una negativa feroz en principio. Pero es un debate entre amigos que se resolverá como es rutinario: los empresarios sacarán otra tajada, una que no ponga en riesgo lo que Aysa tiene que robarse para asegurar sus últimos días y el desahogo económico de sus descendientes, y que tampoco atente contra la alcancía que está alimentando para meterle pasta a las campañas y elecciones del 2021.

La víctima colateral de este arreglo entre cuates seguirá siendo la sociedad campechana, como es obligatorio. Esa masa inerme, liberal y heroica, siempre deseosa (con sus escandalosas excepciones) de sufrir cualquier tortura que el gobierno tenga a bien recetarle. El beneficio es público, dicen.

Besitos.

Tantán.

La imagen pertenece a Tribuna. Ilustra una nota en la que nos informan que un microbús sin frenos arrolló a un vehículo. Un muerto y cuatro heridos en el percance.

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Soy aborigen champotonero, licenciado en Ciencias Ocultas y Administración Púbica, adicto a los Pumas de la UNAM y a las tortas de cochinita de Sacha, feliz de haber pasado media vida en reventones, orgías y actividades similares y afligido por haber desperdiciado miserablemente la otra mitad, y dedicado al periodismo para cumplir fielmente la profecía de mi abuelo Buenaventura Villarino, hombre sabio y de fortuna, que más o menos decía así: “Estudia mucho, hijo, o acabarás de periodista”. Besitos. Tantán.

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