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¡Por pendejo!

Ronny Aguilar es amigo mío, lo que ya es grave, y además es periodista, lo que en estos tiempos equivale a irle al Cruz Azul y a caminar por un barrio palestino ondeando una bandera de Israel, simultáneamente. El lunes pasado Ronny tuvo otra experiencia trepidante con la policía. Fue así:

Ronny Aguilar es amigo mío, lo que ya es grave, y además es periodista, lo que en estos tiempos equivale a irle al Cruz Azul y a caminar por un barrio palestino ondeando una bandera de Israel, simultáneamente. El lunes pasado Ronny tuvo otra experiencia trepidante con la policía. Fue así:

Son las 10 y media de la noche y Ronny y dos de sus primos van por el malecón de Campeche, cada uno en su moto. De pronto un escándalo, algo parecido al ruido que haría el apareamiento entre Chewbacca y una soprano histérica, y luego la maniobra homicida de una patrulla que les cierra el paso. Desciende un poli que no necesito describir porque si ha visto a uno los ha visto a todos, y va hasta los muchachos con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Es el comandante Villalobos. Se planta con las manos en la cintura y un gesto limítrofe entre la amenaza y el estreñimiento crónico. ¿La causa? Una de las motos no tiene placas.

Ronny muestra papeles: licencias, de propiedad de las naves y el documento que le entregaron en la Fiscalía cuando denunció el robo de las placas pocos días antes. A mí no me interesa eso, dice el comandante y sus cuatro subalternos rodean a los motociclistas. Discuten. El documento es válido, afirman unos; me la pelas tú y el papelito, responde el otro. Uno de los pepos desenfunda el celular para grabar y Ronny le pide a uno de sus primos que haga lo mismo. Tú en qué la giras, pregunta el jefe justiciero. Soy periodista, responde Ronny. Ah, conque muy chingoncito, exclama el comandante y hace una seña, un poli se acerca al primo en funciones de camarógrafo y le arrebata el cel para tirarlo al manglar. Los muchachos protestan. Dos policías acompañan al primo a buscar el dispositivo, los otros se quedan sujetando a Ronny y a su pariente y aprovechan para golpearlos. Cuando regresan el joven también ha sido lastimado porque le ordenaron que borrara el archivo y se negó, así que se lo surtieron y lo forzaron a ingresar la clave para que los propios orangutanes desaparecieran el video. Llega otra unidad y se consuma el arresto. ¿Pero por qué nos llevan?, pregunta Ronny. Por pendejos, le contestan. Me detengo aquí.

Si ser pendejo fuera delito, el secretario de Seguridad Pública, Jorge Argáez, estaría purgando 14 cadenas perpetúas para luego cumplir con 16 penas de muerte. Pero no, hasta el momento la pendejez no ha sido tipificada como crimen, así que lo aquí narrado es una de las historias de prepotencia y abusos policíacos cotidianas en este purulento rincón del mundo.

Regreso al drama. Golpeados y humillados, porque durante el trayecto a la SSP el comandante y los policías volvieron a darles su “calentadita”, los muchachos llegaron a destino y estuvieron ahí hasta las cuatro de la mañana del martes 27, hora en que los liberaron.

A las diez de la mañana, Ronny recibió una llamada de un alto mando pidiéndole que fuera por sus motos y ofreciéndole disculpas. Los papeles estaban bien, el documento de la Fiscalía era válido, tal vez el comandante se excedió pero ya está todo aclarado. No habrá castigo para Villalobos, Ronny, y alégrate de que los madrazos no resultaron graves y además fueron gratis. Ve a tu casa y no salgas, así evitas contagiarte de Covid o algo mucho más siniestro: encontrarte otra vez con la policía. Bye.

Tú, Campeche, la madre querida de la estupidez institucional.

Besitos.

Tantán.

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Soy aborigen champotonero, licenciado en Ciencias Ocultas y Administración Púbica, adicto a los Pumas de la UNAM y a las tortas de cochinita de Sacha, feliz de haber pasado media vida en reventones, orgías y actividades similares y afligido por haber desperdiciado miserablemente la otra mitad, y dedicado al periodismo para cumplir fielmente la profecía de mi abuelo Buenaventura Villarino, hombre sabio y de fortuna, que más o menos decía así: “Estudia mucho, hijo, o acabarás de periodista”. Besitos. Tantán.

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